Capítulo 5

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Banda sonora del capítulo: Shake it off, de Taylor Swift.

Me levanté del sofá sin decir una sola palabra y me encerré en el cuarto de baño. Me metí en la ducha cuando el vapor comenzaba a inundar la estancia. Me duché intentando mantener la mente en blanco, pero mi cabeza era un torbellino de sentimientos encontrados.

Poco después, entré en mi habitación, ya vestida con el pijama. Encontré a mis compañeras de piso esperándome allí. Carla ya había regresado.

—Yo propongo que tomes acciones legales— sugirió.

—Pensemos — la interrumpió Marina—. Podríamos contactar con Mia, que nos diga qué piensa acerca de todo esto. Abby no ha desmentido la historia, pero tampoco ha dicho que sea verdad.

—Ha especulado, que es peor— rebatió Carla—. Una cosa es que lo haga la prensa. Que lo hagan ellos es muy diferente.

Me miré en el pequeño espejo de mi habitación e intenté desenredar mi cabello con un cepillo.

—Dejémoslo correr— declaré con frialdad—. Son una familia de locos. No hace ni veinticuatro horas que Ben se ha disculpado.

El silencio invadió el lugar y enfrenté a mis dos amigas, que me miraban con sorpresa.

—¿Se ha disculpado? — preguntó Marina, levantando una ceja.

Me encogí de hombros.

—Por Instagram.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?— gritó la pelirroja, desatando su vena de fan.

—Lo acabo de hacer.

—Escucha— dijo Carla llamando mi atención y apartándose de Marina, que seguía hiperventilando—. Creo que no entiendes la gravedad de la situación. Los periodistas no tardarán en saberlo absolutamente todo acerca de ti.

Me estremecí de pies a cabeza y me senté en la cama. Esperaba que Carla se equivocara. Había cosas que era mejor que quedaran en el pasado.

******

Decidimos que apagar mi móvil era la mejor opción. Tras enviarle un mensaje tranquilizador a mis padres, eso fue exactamente lo que hice.

No fui capaz de dormir durante toda la noche.

A la mañana siguiente, me desperté con la determinación de que aquella situación de locos no condicionaría mi vida. Me lavé la cara, me até el cabello enmarañado en un moño improvisado, me puse lo primero que encontré y salí a la calle.

Cuando entré en la cafetería de abajo, el camarero ya estaba atendiendo a los primeros clientes. Sus ojos se encontraron con los míos y luego miró una revista que tenía al lado.  Ahogué un gemido al ver mi rostro en la portada. Genial, ya estaba saliendo en la prensa rosa del país.

—¿Qué te pongo?

Tragué saliva antes de contestar, sintiendo una incómoda sensación en el pecho.

—Cuatro cafés y dos bolsas de churros para llevar, por favor.

Había personas a las que se les cortaba el apetito cuando estaban nerviosas. A mí me daba por comer. Necesitaba azúcar en vena para asumir todo lo que estaba pasando sin perder la cordura.

Cuando salí del establecimiento, vi a una congregación de personas armadas con cámaras justo delante del portal de casa. Habían tardado menos de veinticuatro horas en deducir donde vivía.

Miré mis pintas y sonreí sin ganas, llevada por la locura del momento. Pasaría a la historia como la princesa del chándal. La reina sería siempre Chenoa.

Efecto Hardwicke [2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora