Capítulo 35

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Aparté la mirada y la clavé en las luces de la ciudad, que se veían a la lejanía. Las vistas desde ahí eran impresionantes.

— Debería de haber hablado contigo antes de marcharme ese día— admití con cautela—. Pero vi las fotos y Mia me consiguió un billete para que me largara esa misma noche. No podía sacarme de la cabeza la imagen y el hecho de que tú también querías que me fuera. Cuando te vi en el aeropuerto ya había tomado la decisión—. Lo enfrenté de nuevo, topándome con su semblante serio—. Siento no haberte dado la oportunidad de explicarte— confesé con el corazón en un puño.

— Siempre saldrán artículos con mi nombre, especulando sobre quién soy, qué hago y con quién me acuesto— balbuceó, con la mirada al frente—. Necesito que confíes en mí si vamos a ser amigos.

— Está bien— me escuché contestar, con la voz temblorosa.

La sonrisa que me dedicó a continuación hizo que se me pusiera la piel de gallina.

— Será mejor que volvamos a casa antes de qué cojamos frío.

Recogimos el picnic improvisado y caminamos hacia el coche en silencio. Una vez en el interior del vehículo, le indiqué cual era la dirección de mi casa y la puso en el navegador.

— Mañana podría recogerte después del trabajo si quieres— ofreció mientras conducía—. Has dicho que quieres apuntarte al gimnasio. He pensado que quizás te gustaría utilizar el de mi casa mientras no estés matriculada a ninguno—. Me miró de soslayo una fracción de segundo, estudiando mi reacción—. Podríamos entrenar juntos.

— Sería genial— musité—. Gracias.

El coche se paró en el portal de mi casa al cabo de unos minutos. Apagó el motor y me dedicó una sonrisa que me dejó sin aliento.

— Ha sido divertido pasar el rato contigo hoy— expuso lanzándome una mirada dulce.

— Lo mismo digo— repliqué, devolviéndole la sonrisa—. Nos vemos mañana.

Lo vi inclinarse en mi dirección a cámara lenta, cautivada por la profundidad de su mirada y embriagada por su esencia. Su mano se posó en mi mejilla y sus dedos trazaron el contorno de mi cara. El corazón me latía a una velocidad vertiginosa cuando sus labios se posaron en mi frente. Cerré los ojos un momento antes de notar como se apartaba. Mi cara estaba ardiendo.

¿Qué había sido eso?

— Nos vemos mañana— susurró.

Salí del vehículo; vislumbré una sonrisa juguetona en sus labios mientras cerraba la puerta. Me despedí otra vez con la mano y me encaminé hacia el portal. El coche no abandonó su posición hasta que no hube entrado en el edificio.

******

A la mañana siguiente, el efecto Hardwicke estaba de vuelta. Las redes sociales estaban repletas de fotos de nosotros caminando por el Monte Primrose. Por suerte, nadie parecía haberme reconocido gracias a la bufanda y al gorro de lana que me había dado Ben. Al parecer, las instantáneas habían sido tomadas por un grupo de fans mientras nos dirigíamos de vuelta al coche.

— ¿Qué juego os traéis? — me interrogó Marina mientras desayunábamos.

— Estamos intentando ser amigos.

La mirada que me dirigió mostró claramente que la idea no le entusiasmaba.

—Lo siento, pero no me lo trago.

— ¿No?

— Chica, cuando estáis en la misma habitación, saltan chispas —. Fruncí los labios antes de resoplar. A los pocos segundos noté como cubría mi mano con la suya—. Solo digo que vuestra historia es muy reciente y que al menos tú no lo ves solo como un amigo.

Efecto Hardwicke [2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora