La habitación era más grande que el apartamento que compartía con Carla y Marina en Madrid. Nada más entrar, me quedé alucinada por las inmensas vistas que ofrecía el recibidor. Las paredes blancas combinaban con el parqué gris del suelo. Al otro lado de la estancia, un impresionante ventanal dejaba que las vistas nocturnas de la ciudad se filtraran a través de sus impolutos cristales.
Una sala de estar gigantesca se abría paso ante mis ojos. A su izquierda, se hallaba la zona del comedor. Una puerta al final de la estancia conducía hacia el dormitorio.
Deduje que la última habitación que me quedaba por ver era el baño, que conectaba con el dormitorio.
Me quité los zapatos y me tumbé en la cama boca abajo, apoyada sobre mis hombros. No podía ser más cómoda.
Cuando quise darme cuenta, Ben me estaba observando desde el umbral de la puerta con una mueca divertida adornando su semblante.
—Tú dormirás en el sofá — le solté sin moverme, entrecerrando los ojos.
—Lo sé — replicó, deshaciendo la distancia que nos separaba y sentándose a los pies de la cama —. Me he comportado como un auténtico gilipollas. Me lo tengo merecido.
Clavó sus ojos en los míos y suspiré sin disimulo.
—Si esperas que lo niegue, te adelanto que no pasará.
Contemplé como fruncía los labios en un intento de disimular una sonrisa jovial.
—No lo espero—masculló finalmente. El silencio que se produjo a continuación pareció cargar la habitación de una electricidad sofocante —. ¿Me perdonas?
Me incorporé y me senté a su lado, pero a una distancia prudencial.
—Qué remedio—. Me erguí para intentar compensar el hecho de que era bastante más alto que yo —. Pero solo porqué eres un gilipollas que sabe reconocer cuando la ha cagado.
Tras dedicarme una sonrisa amplia, posó su dedo índice en mi frente y me empujó la cabeza levemente.
— Me voy al gimnasio— masculló antes de levantarse de la cama, de camino a la puerta —. Pórtate bien en mi ausencia.
—No prometo nada.
******
El reloj marcaba las cuatro y media de la madrugada y mi cuerpo ya comenzaba a presentar los primeros síntomas del jetlag. Llené la bañera con agua caliente y me recogí el pelo para no mojármelo. Conecté el bleutooth de mi móvil a los altavoces que había en el baño y puse música relajante. Los primeros acordes de Fine line inundaron la estancia y cerré los ojos. La suave espuma producida por el jabón jugó entre los poros mi piel y suspiré de placer. Aquello debía de ser el paraíso.
Debí de quedarme dormida en algún momento, porqué lo próximo que escuché fue el murmullo de una voz rasgada.
—Te vas a resfriar.
Abrí los ojos y me encontré con el semblante divertido de Ben, que estaba agachado justo delante de la bañera, contemplándome mientras intentaba no sonreír.
—Mierda.
Me sonrojé inevitablemente y me estremecí al notar que el agua se había enfriado notablemente. Me incorporé procurando parecer lo más digna posible. Cogí la toalla que había colgada a mi derecha y la envolví alrededor de mi cuerpo de manera apresurada.
—Se te olvida esto— interrumpió la grave voz de mi acompañante cuando estaba a punto de abandonar la estancia.
Tenía mi neceser entre las manos. ¡Maldita ley de Murphy!
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Efecto Hardwicke [2]
RomansaCuando ese atractivo cantante le propone fingir estar en una relación, Gala no lo tiene nada claro. Puede que el hecho de que él no deje de insinuar que la quiere en su cama sea una señal para que acepte. ****** Inicio: 26/04/21 Finalización: 15/09...
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