Capitulo 30

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Abby entró y se quitó el abrigo. Lo dejó en el colgador que estaba justo detrás de la puerta. Sus ojos azules no tardaron en fijarse en la presencia de Marina. Las presenté y pronto comenzaron a hablar de manera distendida, confirmando mis sospechas de que se llevarían genial.

Me dirigí a la cocina, abrí una botella de vino y cogí una botella de agua. También preparé un bol de nachos con queso fundido y lo llevé a la sala de estar, donde las dos chicas conservaban animadamente sobre la futura boda del año.

— Al final hemos decidido que lo celebraremos en Los Ángeles, pero aún no sabemos cuándo— comentó la futura novia, sirviéndose un vaso de agua y tomando un sorbo.

— ¿Los Ángeles?

— Sí. Ben y Marc se acaba de comprar una casa allí— contestó,  entrecerrando los ojos y encogiéndose de hombros. El corazón me dio un vuelco ante la mención de su nombre y tomé un sorbo de mi     copa de vino—. La banda pasa mucho tiempo allí y así no tendrán que ir de hotel en hotel. Será más práctico ahora que tienen una residencia propia.

Asentí y me metí un nacho en la boca, masticándolo sin prisa y con la vista clavada al frente.

— ¿Cómo están todos?

— Bien— musitó, mordiéndose el labio inferior. Vi en sus ojos que tomaba una decisión antes de que se inclinaba ligeramente hacia mí—. Le dije que no te agobiara, que te diera tiempo.

— ¿Sabe qué estoy aquí?

— Yo no se lo he dicho.

De nuevo, asentí y le di un buen trago a mi copa de vino. Suspiré, sin saber si me sentía aliviada o decepcionada.

— Hace días que no me escribe— musité, sin alzar la mirada—. Creo que ha captado el mensaje.

Abby suspiró y frunció las cejas antes de hablar

— Escucha— masculló, totalmente seria—. No todo es lo que parece. A veces las cosas se sacan de contexto, sobre todo si involucramos a la premsa.

— ¿No es lo que parece?

Se mordió el labio inferior y me apretó la mano de nuevo.

— Habla con él— se limitó a contestar.

No volvimos a tocar ese tema durante toda la velada.

Más tarde, me tumbé en la cama de mi nueva habitación. Las paredes estaban pintadas de blanco y el suelo estaba enmoquetado. Tenía un armario empotrado considerablemente espacioso y una cama en la que podrían dormir tres personas de mi tamaño perfectamente.

Cogí el móvil y releí todos los mensajes que me había enviado. Dudé entre si debía o no debía escribirle, con los nervios a flor de piel y la indecisión en mi sistema. De todos modos, tras unos minutos suspiré con frustración y dejé el dispositivo de nuevo sobre mi mesita de noche.

******

Apagué el ordenador y me dejé caer en el sofá. Me dolía la cabeza. El reloj marcaba las seis de la tarde. Había estado todo el día mirando ofertas de trabajo y tirando currículums online. Hasta ese momento había tenido la esperanza de encontrar un empleo para finales de mes, pero tras la exhaustiva búsqueda no estaba tan segura.

— Ya estoy en casa— dijo la cantarina voz de Marina, seguida por el golpe de la puerta de la entrada al cerrarse.

Justo después apareció por el umbral de la sala de estar. Se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero antes de ocupar el asiento a mi lado.

Efecto Hardwicke [2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora