Epílogo

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Banda sonora: Clean, de Taylor Swift

8 de junio de 2020

La vida cambia a una velocidad vertiginosa y abrumadora a veces. Un día te levantas para ir a trabajar. Al siguiente, comienzan las restricciones.

El estado de alarma en España fue declarado un sábado. Inglaterra lo hizo al cabo de unos días, por lo que decidí regresar a casa de mis padres.

Los próximos meses se convirtieron en una imagen confusa en la mente de todos. Deporte en el salón de casa, aplausos a las ocho de la tarde, recetas que jamás nos creímos capaces de elaborar, videollamadas hasta las tantas con familiares y amigos; pero, sobre todo, miedo a lo desconocido.

Y así pasaron los meses, como las hojas de un libro: marzo, abril, mayo. Desescalada. 

El tiempo parecía haberse detenido, pero pasaba mientras las personas nos intentábamos adaptar a esa nueva vida, cambiante a pesar de estar entre cuatro paredes.

A principios de junio, pareció que la situación había mejorado notablemente. Se registró el primer día sin muertos tras meses de oscuridad, la luz al final del túnel. Abrieron las fronteras y nos quisieron vender que podríamos enfrentar la llamada nueva normalidad: mascarillas, desinfectante, distancia de seguridad, fobia social.

Todo había cambiado de un momento a otro, el mundo se había parado. Estábamos viviendo una pandemia mundial, por muy loco y apocalíptico que pudiera parecer. Y a pesar de todo, seguimos avanzando.

Conseguí graduarme, logré reconnectar con mis padres, descubrí una parte de mí que no conocía y aprendí a perdonarme. Hablaba con mis amigos casi a diario. Las llamadas con Marina, Carla y Peter estaban escritas en mayúsculas en mi calendario.

Era la segunda semana de junio y yacía tumbada en la cama con las ventanas abiertas y las cortinas echadas. Sabía que no tardaría demasiado en recibir la llamada, pero había decidido echarme un rato.

La pantalla del ordenador se iluminó y abrí los ojos. Me apoyé contra el cabecero de la cama y me puse el portátil en el regazo. Comencé a sentir la emoción subiéndome por el pecho y contesté con una sonrisa ansiosa bailando en mis labios.

Lo primero que pensé al divisarla fue que estaba radiante. Hacía solo una semana que la había visto, pero el volumen de su tripa había aumentado notablemente. No había dejado de hacerlo durante los últimos meses.

— Gala— dijo, peinándose la melena rubia con los dedos.

— Pareces cansada, Abby.

Dibujó una sonrisa tenue en los labios y tomó un sorbo de un vaso con zumo que tenía entre las manos.

— Aquí son las diez de la mañana. Me acabo de levantar.

Como era de esperar, la gira europea de Labor había sido aplazada. Roger y Abby habían decidido pasar la cuarentena en Los Ángeles. La casa allí tenía una terraza enorme para pasar el rato y podían estar más tranquilos.

— Estás guapísima.

El embarazo le sentaba de maravilla. La cara le brillaba de una manera particular y su expresión era distinta. Estaba radiante.

— Yo me veo fatal. Estoy enorme, me duele la espalda y me dan calambres en las piernas cada dos por tres— gimoteó, sus ojos inundándose de lágrimas. Sonreí, más que acostumbrada a sus cambios de humor—. No puedo ni dormir por las noches. ¡Es horrible!

— ¿Has vuelto a sentir a Emma?

— ¡No para! — exclamó, incorporándose delante de la cámara y echándose la camiseta hacia arriba para que pudiera verle la barriga—. Fíjate bien.

Efecto Hardwicke [2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora