Capítulo 8

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Al cabo de unas horas desayuné de forma apresurada, asistí a mi clase de economía de la universidad y me pasé por la librería en la que trabajaba. Para cuando llegué a casa, ya eran casi las cinco de la tarde.

Carla y Marina me esperaban sentadas en el sofá de la sala de estar. Intuí que aquella reunión era en mi causa. Vi el dichoso contrato encima de la mesa y suspiré.

— No lo has firmado— comentó una cautelosa Carla.

— Pero tampoco lo has hecho pedazos— añadió Marina.

— Ya.

Antes de sentarme a su lado, fui a la nevera y saqué una caja de cervezas. ¿Qué sería un piso de estudiantes sin alcohol? Regresé al salón con las cervezas y un abridor.

— ¿Queréis una? — ofrecí tras abrir la primera y pegar un buen trago.

Las dos declinaron la oferta. Me terminé el primer botellín mientras me observaban con curiosidad.

— El vuelo sale a las ocho—expuse mientras abría la segunda.

— ¿Piensas cogerlo borracha? — preguntó Marina.

Di un largo trago a la botella y me encogí de hombros.

— Puede.

— ¿Puede? — pronunció Carla—. ¿Te lo has pensado bien?

Me acabé el segundo botellín. La cabeza me daba vueltas y ya comenzaba a sentirme algo más inhibida. Podría haber parado, pero decidí tomarme una tercera.

— No lo sé—admití mirándola a los ojos—, pero acabo de dejar el trabajo.

Tras estudiarme durante unos segundos, estalló en carcajadas. Su risa había sido siempre muy contagiosa, por lo que no pude evitar unirme a ella.

— ¿Qué has hecho con mi amiga? —preguntó con lágrimas en los ojos—. Nunca te creí capaz de algo así.

— Yo tampoco— admití—, pero creo que es lo que necesito ahora mismo.

Marina cogió el abridor y abrió dos cervezas más.

— ¡Que tiemble Londres! — exclamó con emoción y los ojos brillantes, alzando la cerveza para que brindáramos juntas.

Nos las bebimos de un sólo trago.

******

Por suerte, me ayudaron a preparar la maleta. Sólo tenía una roller, así que no pudimos meter demasiadas cosas. Tendría que comprar más ropa cuando estuviera allí. 

Nos montamos en el coche de Carla a las seis y media y comenzamos a cruzar Madrid a contracorriente. Suspiré con frustración al ver el tráfico que había a aquella hora.

— ¿Y sí pierdo el vuelo? — inquirí inquieta, abrazada a la maleta.

— Pienso comprarte el próximo que salga para allá— exclamó Marina con llamas en los ojos—. Quiero que vivas esta experiencia por mí. Cuando seamos viejecitas, será lo que les contaremos a nuestros nietos.

Una vez en el aeropuerto, Carla aparcó el coche en doble fila. Nos bajamos a toda prisa y dejé que me abrazara con lágrimas en los ojos. Se quedó junto al vehículo, cediéndole a Marina la oportunidad de acompañarme hasta el interior del recinto.

— Quiero que te compres un diario y escribas todo lo que te pase— exigió con aires de despedida, antes de qué Marina y yo nos marcháramos—. A lo Bridget Jones.

Me mordí el labio inferior y le apreté la mano. Ambas éramos fans de Bridget Jones.

— Prometo llamaros de vez en cuando para contaros cómo va la cosa.

Efecto Hardwicke [2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora