Capítulo 7

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Lo miré, sorprendida, y me perdí en la intensidad de sus ojos, intentando reprimir una sonrisa ante la ridiculez de su petición. El pobre no sabía que estaba hablando con la peor candidata a novia falsa. No sabía mentir sin que se me notara en la cara.

—Necesitamos que nos des una respuesta antes de qué nos reunamos con la discográfica—añadió en un susurró—. Cuanta menos gente lo sepa, mejor.

—¿Qué sacaría yo de todo esto si llego a aceptar?

Sonrió con amargura y se me puso la piel de gallina ante la frialdad que desprendía su gesto.

—Una suculenta cantidad de dinero. Además de tener todos los gastos pagados durante el periodo de tiempo que estés conmigo.

—En tu mundo es algo habitual sobornar a las personas— afirmé, recordando la indecente cifra que me había ofrecido Mia días atrás a cambio de mi silencio.

Asintió como única respuesta, algo contrariado. Bajé la mirada con el corazón en un puño. Era realmente triste.

Lo más sensato era rechazar la oferta y seguir con mi vida, olvidarme de aquella locura. Sin embargo, necesitaba un cambio de aires. A pesar de que mis padres vivían en Mallorca, había vivido bajo la sombra de su tristeza durante mucho tiempo. Ése era uno de los motivos que me habían llevado a aplicar para hacer un ERASMUS a Londres durante el próximo semestre. Necesitaba salir de la burbuja en la que estaba metida.

—Tengo que pensarlo.

Un destello de curiosidad se apoderó de sus facciones y se rascó la mandíbula con aire pensativo.

—Estamos hablando de una muy generosa cantidad de dinero— insistió, escrutándome de una manera que me puso aún más nerviosa.

Necesito pensarlo— repetí, enfatizando en mi gesto que era innegociable.

Asintió y se levantó de la cama. Su esbelta figura tapó mi visión. Sólo era capaz de distinguir la bien proporcionada forma de su cuerpo y el verde magnético de sus ojos.

—Te enviaremos un contrato con todas las condiciones— expuso en voz baja. Tragué saliva y me estremecí, preguntándome si era la única que sentía la electricidad que nos rodeaba cuando estábamos a solas—. Tienes poco más de veinticuatro horas para tomar una decisión. Nuestro vuelo a Londres sale mañana por la noche— prosiguió, sus ojos fijos en los míos—. Si decides no firmarlo, desapareceremos de tu vida y prometo no volver a molestarte.

Me levanté y Ben tomó una de mis manos, diminuta comparada con la suya. Por supuesto, la electricidad se intensificó ante el contacto. Entonces tiró de mí y me estrechó entre sus brazos. Mi nariz quedó a la altura de su hombro y su perfume me embriagó por completo. Sus manos se posaron en mi espalda y me acunó suavemente antes de besar mis dos mejillas con suma delicadeza, el roce de su barba incipiente provocándome un escalofrío.

—Este sí que es el típico saludo español— comentó con un español adorable. Su aliento acarició la piel de mi cara al hablar. Se apartó a los pocos segundos, regalándome una sonrisa que me dejó sin aliento—. Sé que todo esto es una locura y que es muy  precipitado. Pero, Gala, me encantaría que aceptaras.

—Tu español es mejor de lo que pensaba— susurré, ignorando sus últimas palabras adrede.

—Poca gente sabe que lo hablo.

—¿Por qué?

—Prefiero mantenerlo en secreto hasta que lo domine. Soy muy perfeccionista—. Su sonrisa se ensanchó y se inclinó levemente en mi dirección, quedando su rostro a la altura del mío—. Estoy seguro de que no se lo contarás a nadie.

Efecto Hardwicke [2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora