Capítulo 46

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Banda sonora del capítulo: Out of the woods, de Taylor Swift.

—¿Estás seguro de qué es más seguro viajar en eso que en coche? — pregunté, desconfiada y con el casco entre las manos.

Ben ya estaba montado en la moto, con el casco puesto y a la espera de que me sentara en la parte trasera del vehículo. Rodó los ojos antes de contestar.

— Te prometo que es completamente seguro.

Ocupé la parte posterior sin estar muy convencida. Tras asegurarme de que la correa del casco estaba debidamente atada, me aferré a su dorso. 

El corazón me iba a una velocidad vertiginosa cuando la moto salió disparada en dirección a la carretera. Sin embargo, me relajé a medida que íbamos avanzando.

Mis ojos se perdieron en el paisaje que la ciudad ofrecía. Ya había anochecido y las farolas alumbraban las calles, mojadas por la leve llovizna que caía. Mis manos descansaban ahora en los bolsillos de la chaqueta de Ben, que conducía como si hubiera nacido para ello, moviendo su cuerpo con elegancia, echándome alguna que otra mirada a través del espejo de vez en cuando.

La mandíbula me dolía de tanto sonreír y no podía dejar de sentir calidez a pesar del frío que nos envolvía. Clavando mi vista en el horizonte, me sorprendí deseando que aquella sensación durara para siempre.


******


Nos detuvimos en St. Katherine Docks. Ben me lo describió como uno de esos lugares mágicos que te seducen, que poseen un magnetismo que te atrae de manera inevitable; una pequeña burbuja de tranquilidad dentro del agitado mar de bullicio, gente y prisa que es la ciudad de Londres.

Se encontraba en el centro, muy cerca del Tower bridge. Sin embargo, pasaba inadvertido. Sus muelles fueron usados como zona de carga y descarga de mercancías en el Londres de la época. Estaban levantados en una zona en la que antiguamente había una iglesia y un viejo hospital.

Ben aparcó el vehículo y me agarró de la mano. Optó por ponerse unas gafas de sol con el fin de pasar inadvertido. Nos paseamos por el centro residencial, entre los apartamentos de alto standing, rodeados de pequeñas tiendas y restaurantes llenos de encanto.

Finalmente, nos paramos frente a uno de los yates que había en el muelle y abrí la boca con sorpresa al ver que se montaba en él. Me tendió la mano a modo de invitación, a la espera de que lo siguiera. Lo hice, totalmente embelesada, subiendo unas escaleras que llevaban a la entrada de la embarcación. A su lado, había una terraza, con dos mesas y sofás de exterior.

Introdujo una llave en la cerradura y se apartó, dejando que fuera la primera en entrar. Sentí sus ojos sobre mí mientras inspeccionaba la sala de estar al otro lado de la puerta. Un sofá gris y dos sillones de color calabaza rodeaban una mesa de centro de madera. Justo enfrente, había un televisor de pantalla plana. Una ventana iluminaba la estancia.

Seguí avanzando, pasando una mesa de comedor y llegando a la cocina. Era un espacio abierto. Los muebles allí eran blancos; el suelo, de parqué. Había una escalera al final de la sala.

Me giré y comprobé que Ben estaba justo detrás de mí. Su mirada curiosa seguía todos mis movimientos.

Comencé a subir las escaleras y llegamos a un pasillo con cuatro puertas. Una conducía a un baño de dos piezas. Las demás, llevaban a cuatro dormitorios idénticos. Cuando entramos en la última la estudié con más esmero. Una cama doble presidía el centro de la estancia, seguida por un armario empotrado y una ventana con vistas al exterior. Pasé los dedos por la suave colcha que cubría el colchón y me estremecí al sentir sus manos en mi cintura, su aliento contra el hueco de mi garganta. Me apoyé contra su pecho con una sonrisa tonta en los labios.

Efecto Hardwicke [2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora