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El ventilador giraba tan deprisa que a duras penas podía verse. James cerró los ojos, intentando fijar toda su atención en el frío suelo de madera que rozaba su espalda, en vez de pensar en las pequeñas gotas de sudor que habían empezado a resbalar por su nuca.

Era su primer día de vacaciones, y parte de él deseaba seguir teniendo clases. Al menos, ahí tenían aire acondicionado.

— Tengo sed — Eli murmuró.

James entreabrió su ojo derecho y miró a su amigo de reojo. Ambos estaban estirados en el suelo, sin camiseta, deseando que el ventilador hiciese algo más que simplemente girar.

— Ya es la tercera vez que lo dices, levántate y pilla agua.

Eli frunció el ceño, sus ojos todavía cerrados. A pesar del calor que hacía, estaban tan cerca que sus dedos prácticamente rozaban.

— Estoy en tu casa, deberías tratarme como a un invitado.

James soltó una risita sin gracia y removió su espalda para encontrar un punto nuevo en el suelo para refrescarse.

— Te traeré un vaso de agua el día que entres por la puerta como una persona normal.

A pesar de no verle, James supo que Eli estaba sonriendo.

— No es mi culpa que tu ventana sea tan accesible — murmuró —. Deberíais cortar las ramas del árbol.

Ninguno de los dos dijo nada más durante media hora. Ambos estaban acostumbrados a pasar las tardes de verano así, estirados en la habitación de James hasta que el hambre les obligaba a levantarse. Lo habían hecho durante años, y no iban a dejar de hacerlo ahora.

La puerta se abrió, dejando entrar a la madre de James. Ambos chicos abrieron los ojos y la miraron. No hicieron falta muchas palabras para saber que era la hora de ir a comer. De un salto, ambos se levantaron y fueron corriendo escaleras abajo, empujándose entre risas para ver quién llegaba primero.

— No corráis descalzos, Elías— sonrió la madre de Eli.

Estaba sentada en una de las sillas del jardín junto a su marido y el padre de James, esperando paciente con la comida servida en la mesa.

Los dos chicos se miraron sonrientes y se sentaron en la mesa, uno al lado del otro.

— ¿Qué tenéis pensado hacer este verano? — preguntó el padre de James mirando a su hijo. El moreno se encogió de hombros.

— Lo mismo de siempre. Esta tarde iremos a la piscina.

— Hemos quedado con los de clase — añadió Eli, su boca medio llena de ensaladilla rusa.

James puso una mueca y le dio un golpe en el hombro, haciendo que el otro le devolviese el gesto. Sus padres sonrieron en silencio y empezaron a hablar entre ellos. Eli aprovechó y puso su mano en el hombro de James para que le prestase atención.

— Carla dice que su hermano traerá alcohol para la fiesta de esta noche — susurró.

James sonrió de oreja a oreja, sus ganas de que las horas pasaran aumentando por momentos. Echaba de menos salir de fiesta con sus amigos. Después de tantos días ahogándose entre deberes y exámenes, merecían una noche de diversión.

No tardaron mucho en terminar de comer. Después de vestirse con un bañador y lo primero que encontraron en el armario, los dos se dirijieron a la piscina pública que se encontraba al otro lado del pueblo.

Las calles del barrio, a pesar de ser abiertas y calurosas, dejaban pasar una brisa ligera. Eli y James se dirigían a la piscina, un silencio agradable roto solamente por el sonido de las chancletas contra el asfalto.

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