21. No sería hogar sin ti

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No lo analizo al instante en el que Luna expone su petición, mi momento de meditar aparece, bastante tarde, apenas estaciono frente a la casa a la que llego gracias a la dirección que ella me envió hace unos veinte minutos

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No lo analizo al instante en el que Luna expone su petición, mi momento de meditar aparece, bastante tarde, apenas estaciono frente a la casa a la que llego gracias a la dirección que ella me envió hace unos veinte minutos.

Sé que debí haberme detenido a pensar en si venir era una buena decisión antes de hacerlo, pero la verdad es que ni siquiera lo intenté. Solo ahora, que la veo salir de la casa de una de las amigas de su abuela con ese atuendo que se niega a salir de mi cabeza desde que la vi esta tarde, es que analizo lo contencioso que puede resultar para mí y mis sentimientos el haber actuado de una manera tan impulsiva y arrebatada sin darle mérito, una vez más, a mi juicio y mi criterio, accediendo a acompañarla al instante en el que lo solicitó.

Y no es que me moleste estar aquí, al contrario. No me arrepiento de haberme dejado seducir por la idea de venir a estar con ella un rato, acompañarla ahora que parece necesitar de alguna presencia y conversar un poco en pro de avance; pero esto no significa que lo asuma como la mejor decisión que he tomado en mi vida. Estoy consciente de que haber accedido a venir podría no resultar como en verdad lo espero por muchas variables a las que se suma su actual apariencia.

Ella está allí tan bonita vistiendo una ajustada mini falda de crepé con tiro alto y dobladillo de volante en color amarillo, estampada con diminutas y abundantes margaritas blancas, y un top blanco de lino del mismo tono que sus zapatillas casuales. Sostiene aún su cabello recogido en una coleta prensada alta y el cuello adornado por una fina cadena de oro con un dije de ramitas que conserva desde su cumpleaños número trece. Y yo... bueno, si antes me sabía enamorado ahora no sé cómo describirme.

Sigue pareciéndome sencilla, y aunque permanece su aura de inocencia y ligereza en su estilo y andar, la forma que adopta mi cerebro al percibirla en este instante me lleva a fantasear con imágenes libídines. Ella en este momento me resulta tan hermosa como sexy, y yo sigo siendo el masoquista que considera suficiente forma de pago el verla al menos un segundo aun cuando me despierte pensamientos que seguramente asumiría insanos.

Apago el auto cuando la veo detenerse al borde de la acera con las manos entrelazadas hacia adelante en un gesto nervioso y me apeo de él, apresurándome a su encuentro sin tomarme la molestia siquiera de mirar el celular que dejo en el posabrazos, y me le acerco a paso delicado pero seguro hasta posicionarme a centímetros de ella, que me sonríe oprobiosa y cándidamente antes de que yo decida hablar porque no parece tener intenciones de hacerlo.

—¿Por qué estás afuera con tanto frío?

—Estaba esperándote —admite, mirándome con una vergüenza que me parece impropia—. Creí que ya no vendrías.

—¿Y justo por eso me esperabas afuera, porque no venía? —replico, sonriendo con burla.

Luna se encoge de hombros y sonríe, todavía luciendo apenada por algo que no comprendo. Sé que muchas cosas han cambiado entre nosotros desde que decidí alejarme, pero sigo renuente a acostumbrarme a estas reacciones ajenas a lo que conocía de ella.

Tametzona ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora