29. Mi perdición

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Luego de varios minutos meciéndome entre lápices de colores y grafito 2B, decido otorgarle un descanso a mi vista y hacer un corto receso para darle un sorbo a mi café, dejando como paso inicial las varas de madera sobre la superficie de cristal q...

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Luego de varios minutos meciéndome entre lápices de colores y grafito 2B, decido otorgarle un descanso a mi vista y hacer un corto receso para darle un sorbo a mi café, dejando como paso inicial las varas de madera sobre la superficie de cristal que sostiene mi trabajo.

Hace aproximadamente dos horas que me encuentro fuera de casa, trabajando en la revista que me asignaron en Diseño Gráfico y Digital en la cafetería donde trabaja o trabajaba el novio de Luna.

Desde que conocí este lugar hace más o menos dos meses se ha convertido en una especie de templo artístico para mi inspiración. Acá no solo hay buena atención, sino que la iluminación natural del ambiente que ingresa desde los ventanales amplios del segundo nivel y los extensos espacios repletos de colores cálidos y decorados con un mobiliario sencillo, hacen que sea un establecimiento cuya principal característica a mi apreciación sea consumir con paz. Y de hecho, si fuera alguno de los propietarios tomaría esto como eslogan del local.

Pero no es solo eso. Cuando puse un pie en este lugar por curiosidad una primera vez, pues era un sitio que antes no había visitado, quedé fascinado por la alargada línea que protagoniza una de las paredes, repletas por réplicas y otras muestras artísticas originales que dan distinción al establecimiento. Y me encantó. Me gusta la sensación de calidez y pertenencia que me genera estar dentro, y me encanta que den la oportunidad a nuevos artistas de exhibir lo que en sus diversos mundos ignotos ejecutan bajo las sombras del anonimato, eso que tal vez no se animan a mostrar por alguna razón. Me resulta admirable que los encargados obsequien este sitio donde otros  pueden dejarse ver sin presiones, brindándoles un espacio para mostrar al mundo su arte dando vida a la opacidad de los ladrillos.

Venir y apreciar en cada visita cómo nuevas vidas plasmadas en esos lienzos se dan a conocer me resulta inevitablemente más placentero, tanto que incluso se me ha plantado la idea de salir también de las sombras y exhibir alguna de mis piezas alguna vez. Sin embargo, hoy no es el deseo de conocer a otros artistas o de exponer mi existencia lo que me trae acá, sino un anhelo de sosiego que en otros lugares me está costando encontrar y que tanto necesito para poder terminar mi tarea cuya entrega está cada día más cerca.

El departamento de mis padres no es precisamente el lugar más relajado del mundo, las bibliotecas estos días me marean y en casa de mis padrinos tengo a Luna, quien es mi sinónimo de paz también, pero que últimamente me ha dado tanto silencio que me aturde tener esa cantidad excesiva de lo mismo.

Desde aquel domingo en el que conversamos de lo acaecido en la fiesta, cinco días atrás, ella ha estado distante conmigo. Apenas me habla, rara vez se atreve a mirarme a los ojos y la mayor parte del tiempo cuando no se encuentra fuera de casa me evita como si yo fuera una serpiente venenosa con cuernos y garrapatas que vomita mermelada de piña radioactiva. Y por más que le he preguntado siempre que me es posible el porqué de su actitud y si acaso puedo remediarlo, me recalca muda que su habilidad para evadirme ha crecido sin medidas junto a nuestro distanciamiento.

Tametzona ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora