Desde que aparecí en la vida de mis padres luego de aquel doloroso proceso de parto hace aproximadamente diecisiete años, los fines de semana en mi familia han sido en su totalidad precisamente eso: días familiares.
Durante los inicios de mi infancia y niñez yo no hacía más que seguir sus mandatos y mamá y papá mi corriente entre juegos y bromas; sin embargo, desde hace mucho tiempo, cuando recién cumplí seis años, pase a convertirme en una parte más activa en el sistema. A partir de ahí no solo era una imitadora de ellos que eran mis guías, sino que me permitían, aunque seguían instruyéndome, participar en las actividades del hogar. Partiendo de ese año cada mañana del sábado y del domingo mi padre y yo preparamos un desayuno que comemos junto a mi mamá, y lo mismo sucede con el almuerzo y la cena en el que más de una conversación se desarrolla.
No obstante, las tardes de domingo son únicamente de madre e hija, son los momentos en los que invertimos varias horas de nuestro tiempo en compartir historias y un trocito de nuestras vidas mezcladas con entusiasmo al compás y vaivén de la espátula entre los ingredientes para preparar galletas.
En condiciones normales, hoy, domingo ocho de noviembre, debía ser otro de esos días; de ese fragmento de tiempo en el que mamá y yo estamos juntas hablando de todo y de nada, pero sucede que ella no está para hacerlo. Esta tarde del segundo domingo de su partida es otro fragmento que me recuerda que ya no sigo la misma rutina porque parte de ella está ausente desde hace exactamente una semana que se fueron. A partir de aquel día en el que me dejaron en el aeropuerto mi monotonía sufrió una serie de cambios a los que todavía sigo intentando acostumbrarme y enfrentarme, y esto engloba esa actividad.
Desde el pasado domingo he estado lidiando en una guerra con mis emociones, mismas que aparecieron como resultado de su partida, de la aún no asimilada ausencia de Keanu, del sentimiento de soledad que todas sus despedidas trajeron consigo y encima de todo del anuncio en el que Lucas declaró venir a vivir conmigo. También mi preocupación por encontrar pronto un empleo se mantuvo presente, sumando el peso a la revolución. Todo eso junto era sido demasiado, fue mucha intensidad que me tenía lo suficientemente afectada como para no permitirme, aunque siempre esta actividad ha sabido ayudarme, ingresar a la cocina para dedicarme a la repostería, y por eso no hice nada. No obstante, la historia para hoy es diferente.
Lou está conmigo ahora y él, que me conoce, sabe lo importante que es para mí hacer esto, y por este motivo me convenció durante el almuerzo de que debíamos preparar juntos esas galletas. Pensé que sería un mala idea cuando lo medité, pero es Lucas, y no fue muy difícil darle una respuesta afirmativa sin pensarlo mucho solo por este hecho. Sin embargo, la cosa no ha ido muy bien. Pese a su colaboración y a su buena disposición, esta tarde no he hecho más que pensar en que este día verdaderamente necesito de mi mamá si lo que quiero es obtener un resultado con chocolate que sea comestible y no dislates, que es lo que el chico ha sabido darme.
Por eso, apenas me aseguro de que Gaia se está comportando a la altura, corro despavorida desde el patio hacia el interior de la casa, segura de que allí nada andará bien si extiendo mi ausencia por mucho tiempo, pues no quiero recoger y perder más de lo que considero necesario y de lo que hoy ya he perdido. Es lo que confirmo. Cuando mis pies enfundados en calcetines tocan el suelo del comedor y mis ojos se detienen en la figura con manos ocupadas y temerosas mezclando desastrosamente los insumos en la cocina, mi teoría de que no todos nacimos para la repostería, y mucho menos Lucas, se confirma.
—¿Puedes explicarme qué es lo que acabas de hacer? —cuestiono, apresurándome hacia donde el desastre dulce se ejecuta en sus manos—. Echarás a perder todo de nuevo. No quiero ni imaginar cómo sería tu vida en soledad... Eres una amenaza para ti mismo —continúo, mascullando como vieja malhumorada, o como mi mamá malhumorada. He aprendido de la mejor.
ESTÁS LEYENDO
Tametzona ©
Teen Fiction[COMPLETA]. La luna es, para algunos, simplemente un misterioso cuerpo celeste que se percibe suspendido en el cielo, y para otros va más allá de ser solo el brillo que se refleja a través del sol. Puede ser luz u oscuridad; ausencia o silenciosa co...
