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La luna es, para algunos, simplemente un misterioso cuerpo celeste que se percibe suspendido en el cielo, y para otros va más allá de ser solo el brillo que se refleja a través del sol. Puede ser luz u oscuridad; ausencia o silenciosa co...
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Cuando era niño solía sentirme desviado de alguna manera, en el sentido de que no era tan parecido a mis padres como solía serlo Julieth en actitud. Ellos eran enérgicos, activos, torrenciales y emocionales, mientras yo competía con la serenidad del silencio en mi sentimentalismo sutil. Me veía a mí mismo fuera de lugar, como si no perteneciera al sistema aunque sabía que sí lo hacía; inclusive me era fácil juzgarme y culparme por no ser capaz de expresarme de la misma manera que ellos, hasta que conocí el arte. En algún momento de mi vida, entre grafitos, mezclas y texturas, encontré una forma de comunicarme que funcionara para mí y con la que me resultara fácil entenderme, pero también hablarle a otros de lo que sentía.
De este modo, al enfocarme en otro tipo de comunicación y hacerme aliado de las pinturas y los trazos, se me hizo mucho más sencillo conocerme, pero también hacer que otros me conocieran. Supe encajar con ellos como mi familia, o más bien comprender que ya lo hacía aunque fuese un poco distinto, sin desviarme del que era mi lugar. Fue así que, como artista, aprendí a trabajar a cuestas con las emociones, cuando asumí que no es más que mi sentir lo que expongo en tinta y colores sobre el papel.
Había creado mi mundo que era enteramente mío, y me adentré a él con la invención de mis propias condiciones. Poco a poco me enamoré de lo que hacía. Seguía siendo reservado y distante con las personas, pero no con mis pinturas; allí no había barreras ni horizontes que perseguir, podría ser yo mismo sin temores, externar lo que sentía sin recelo por ser juzgado, pero también no hacerlo, y eso estaba bien para mí. Me encantaba mi soledad, mi mutismo, el sosiego, y lo que traían de esto las reglas. No es que simplemente haya decidido un día ser responsable y adepto al orden porque sí, lo hice al comprender que me gustaba, bajo mi único control, que el desarrollo de mi propia vida se daba mejor. No obstante, siempre me resultó curioso que siendo seguidor de lo estable, lo lineal y lo ya establecido, deteste el hecho de que el arte deba regirse por reglas. Es como si de alguna manera me dijeran cómo debo sentir, y nadie tiene por qué decidir eso.
El arte suele expresar sentimientos, ideas, historias y contextos, que pueden o no transmitirse al espectador en forma de delineados, texturas y pliegues dando sentido, aunque en ocasiones no se aprecien del mismo modo para quien lo percibe, en conjunto. El arte tiene siempre un objeto y un objetivo, aun si no siempre se halla esclarecido, que es hacer sentir, pero no indica jamás cómo hacerlo. Es en sí mismo otro tipo de lenguaje, así como lo es la música, y respeta como pocas cosas el subjetivismo de la percepción. Es contradictorio que el artista sí deba seguir entonces una serie de reglas.
De cualquier modo, y como lo he venido haciendo siempre, me acoplé a esas directrices. Tengo la ventaja de que el arte es un idioma que por fortuna tengo la habilidad de entender y sobre el que me manejo, y es por esto por lo que jamás vi complejidad a crear la novela gráfica que me asignaron a inicios del año.
Al principio me mantuve reticente. Lo vi complicado, porque no suelo practicar mucho con el arte digital a menos que sea necesario y no tengo demasiada experiencia, pero cuando se me ocurrió en qué basaría mi mundo en papel, mi imaginación y mis habilidades se unieron para crear una pieza completa de la que me siento enteramente orgulloso, aunque no haya sido así desde el inicio.