Algo que he odiado toda la vida es verme obligada a peinarme. Me parece una injusticia que la mayor parte de la población masculina ni siquiera tenga la necesidad de eso y que yo deba hacerlo a diario si no quiero tener nidos de pájaros sobre la cabeza como consecuencia de mi pereza. Sé que podría cortarme el cabello, es lo que muchos me han sugerido, pero lo amo tal cual es y está aunque no sea más que una maraña y no quiero perderlo, por lo que unas tijeras cerca de él no son una opción.
Es por esto por lo que decido tener otra discusión rutinaria con el objeto verde con estampado de bebés pandas que tiene como función peinar mi cabello, mismo que me obsequió la tía Juliana hace muchos años con una única intención que jamás estuvo oculta, y sufrir con su recorrido sinuoso por mis mechones.
Me concentro en mi reflejo frente al espejo de cuerpo completo, que funciona como puerta del vestidor y que deja vista a la mayor parte de mi habitación, y deslizo el cepillo desde la raíz del cabello hasta el final de su extensión cerca de la cintura con intenciones de desenredarlo, y luego de uno que otro quejido al vacío me hago una coleta alta que fijo con la liga negra sujeta en mi muñeca izquierda. Me aseguro de no dejar algún pelo suelto y tras aplicarme un poco de perfume y tomar la mochila en la que llevo ropa de repuesto y el uniforme del instituto, abandono finalmente la habitación en dirección a la sala, donde pretendo esperar a mi abuelo para ir a la reunión de mi abuela.
Desciendo la escalera sin percibir el más tenue murmullo. Gaia está jugando en el patio, por lo que no hay en el interior de la casa más que un abrumador silencio que ni siquiera las suelas de goma blancas de mis zapatillas sin cordón del mismo tono pisando los escalones son capaces de importunar. Eso hasta que un ligero eco extendiéndose desde la entrada a la sala lo quebranta, siendo Lucas que no tarda en penetrar la puerta.
El pelinegro alza la vista al notar mi presencia, busca mis ojos y así se mantiene por varios segundos, detallándolos hasta que decido cortar el contacto para terminar de bajar al salón donde permanece de pie todavía mirándome.
—¿No habías ido a tu casa? —le pregunto, deteniéndome a centímetros de él. Noto que ya no lleva la misma ropa de hace rato, sino un pantalón claro con algunas roturas y una camiseta color vino sencilla que deja vista a sus tatuajes.
—Sí, pero estuve esperando que me avisaras haber llegado y eso jamás pasó.
—Te avisé —aseguro, firme porque lo hice.
—Pero no lo vi porque apenas en la universidad me percaté de que había olvidado el celular y recién lo recordé hace media hora ya en casa, por esto vengo a buscarlo. Lo necesito sobre todo por si mañana se te ocurre llamarme.
—Eso no va a... —me interrumpo, porque me doy cuenta de que su mirada ya no permanece sobre la mía y me está incomodando su nada disimulado y extraño escrutinio. No es pernicioso, pero me siento expuesta de alguna manera por él de un modo que jamás lo había hecho, como si me estuviera desnudando con la vista, y sinceramente no sé si me gusta—. ¿Por qué me miras así? —exijo saber, consiguiendo que la atención de sus ojos regrese a los míos.
—¿Así cómo? —retruca, avergonzado de que lo haya descubierto en una actividad impropia e imprudente.
—No lo sé, como si quisieras pedirme algo. ¿Me... me veo mal?
Él suelta una risita nasal y niega con la cabeza, sonriendo también.
—Eres mucho más que muy bonita. Supongo que eso debería responder a tu pregunta.
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Tametzona ©
Teen Fiction[COMPLETA]. La luna es, para algunos, simplemente un misterioso cuerpo celeste que se percibe suspendido en el cielo, y para otros va más allá de ser solo el brillo que se refleja a través del sol. Puede ser luz u oscuridad; ausencia o silenciosa co...
