44. Hipotético

90 6 1
                                        

Coloco la botella de agua en medio de ambos y tomo un trozo de algodón que ella me ve llevar hasta mis labios, pero luego retroceder y devolver al destino fraguado que son los suyos.

Luna se mantiene reticente unos segundos más en los que me observa con pseuda indignación, pero con una sonrisita tímida acaba cediendo y despegando los labios para darle la bienvenida al dulce que le ofrecen con latente temor mis dedos. No roza mi mano con su boca, siendo en demasía cuidadosa pese a que no ve más que mis ojos, y yo lo agradezco en silencio. Más que nunca cualquier detalle o actitud de su parte fuera de lo común me descoloca.

Una vez traga un primer trozo, le hago entrega de la varilla que recibe dudosa y con la misma duda sumada a la parsinomia come de la nube amarilla, luego de colocar de nuevo la luna de felpa sobre sus piernas. Y mientras ella se concentra silenciosa en el algodón, yo aprovecho de beber un poco de agua, sin perder un segundo del tiempo que tengo para mirarla.

Parece tímida todavía, inerme estando junto a mí y sin argumentos luego de oír mi declaración, pero aun así tampoco desatiende a mis ojos un solo instante. Asimismo me sonríe pesarosa, dulce, suavecito, de esa manera que me enamora inevitablemente cada segundo más de ella.

Cuando termino con el agua le pido que me espere un momento y me levanto para depositar la botella ya vacía en un cesto de basura ubicado junto al puesto donde hice la compra, y de camino a ella de vuelta me deshago del abrigo para ponerlo al llegar sobre sus hombros, que se encogen con disimulo pero tiritan con descaro por el frío.

—¿No estás arrepentida de haber traído falda? —le consulto, luego de cubrirla con la tela de algodón y antes de retomar mi lugar a su derecha.

—Cada segundo desde hace rato —admite con una sonrisa avergonzada, mientras desprende un trozo diminuto del algodón que procede a llevar con lentitud a su boca. Sigo con automoción y sin quererlo su camino, pero me arrepiento cuando noto que no concluye su acción porque seguramente va a reclamar mi cinismo, recriminar la manera descarada con la que detallo el enrojecimiento de sus labios relamiendo a su vez los míos. No obstante, me sorprendo cuando descubro que solo se detiene para sonreírme—. Gracias por tu suéter.

—No importa. Tú la necesitas más que yo.

—¿No tienes frío? —indaga, más apenada que de costumbre. Y sé que no es por el suéter, sino por lo que sucedió hace rato con sus celos, por todo lo que nos persigue estos días.

—No. De todos modos no nos queda mucho por hacer aquí —resalto, y me pongo de pie bajo su mirada curiosa. No le doy más descanso antes de tomar el peluche de sus piernas e invitarla a seguir el camino, salvo que ahora hacia la atracción que se encuentra detrás de nosotros.

Ella me sigue dudosa hasta posicionarse a mi lado y con eso me conformo. Esta vez no entrelazamos las manos aunque quisiera como ya se me ha hecho costumbre porque el algodón entre las suyas nos lo impide, pero el calor que sigue emanando de su cercanía me resulta suficiente.

—¿Ya nos vamos? —curiosea, en un tono tan bajo que apenas escucho. Tal vez me equivoco, pero noto desilución en él, lo cual me resulta contradictorio como todo estos días, pero creo que no me sorprende.

Asumo que no quiere que se termine esto y yo no puedo mentir. También quiero no solo que este momento se extienda, sino que estos días en general no terminen aún. Ya hemos estado solos conviniendo por casi un mes, pero acá es distinto. No hay reglas alrededor, nadie mirándonos acusadores o sugerentes por lo que sea que sentimos; nadie insinúa situaciones ni nos fuerzan, y no existe ningún conocido perturbando nuestro mundo de sentimientos al que tememos.

Somos solo nosotros dos y ya no nos queda mucho tiempo de convivencia juntos, eso es suficiente para desear que cada segundo se congele en el tiempo.

—Nos queda una atracción más.

Tametzona ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora