Mi fin de semana familiar está en pausa desde que el jueves mi madre regresó del hospital. Ahora, sábado a media mañana, soy una enfermera particular sin sueldo que también cocina. Y además me destaco en la acrobacia. Eso es lo que hago ahora.
Intento hacer malabares con el pollo horneado y las papas al vapor que comeremos papá y yo, mientras termino de cortar en círculos pequeños las zanahorias y el plátano maduro para la sopa de verduras de mi mamá. Generalmente es más fácil, pero hoy lidio sola con el arte de manejarme con los insumos y el cubierto. Mi madre está arriba, descansando obligada y casi amarrada a la cama tras la extracción de su vesícula, y papá salió hace una hora en busca de alimentos que ella pueda ingerir. No porque no tengamos, sino porque él con su dramatismo piensa que puede no ser suficiente
El plan consistía en cocinar juntos como cada fin de semana, pero no quise quedarme sin hacer nada pudiendo cumplir con mi deber de hija. No me molesta hacer nada por ellos, me gusta cocinar, y la música que emite mi celular desde la pequeña mesa del comedor de la cocina hace mucho más amena la tarea. La mantengo en volumen intermedio, por si a mamá se le ofrece algo y decide llamarme, aunque le sugerí que utilizara también su móvil y evitara forzar a su garganta, pero con el timbre suficiente para poder acompañar con mi voz las distintas melodías. Canto con energías revitalizadas y naturalidad, incluso contenta. Y es que a diferencia de los días anteriores, hoy estoy muchísimo más animada. Me siento liviana y hasta tranquila, como no me sentía hace mucho tiempo.
He estado muy ocupada los últimos días. Pasar las tardes con Emily me entretiene, los deberes del colegio me distraen y cuidar de mamá me mantiene concentrada, por lo que no he tenido demasiado tiempo para pensar y ponerme triste. Eso implica a Lucas. Lo recuerdo cada día, sin falta, y sobre todo después de lo que hizo por mí en la fiesta de aniversario, pero ya no tanto en lo que nos llevó a tomarnos un tiempo lejos del otro: esta locura del enamoramiento. Lo que prima en mi mente es el asunto de su departamento, por el que decidí mantenerme al margen pese a mis ganas de estar a su lado en ese momento.
Nunca me abandonó la idea de que así él lo necesitaba aún, de que todavía tenía mucho en qué pensar y que era mi deber darle su espacio para aclararse... O tal vez esto se trata únicamente de lo que yo quiero creer, porque es mucho más sencillo imaginarlo así que pensar en enfrentarme a lo que sea que pueda decirme. Pero la verdad es que sigo extrañándolo muchísimo como sé que él a mí, aun si creo que ambos hemos estado bien con eso, aunque tampoco puedo mentir: me duele un poco que Lucas no me haya buscado estas semanas más allá de ese día en la pequeña obra, en la que ni siquiera me habló.
Tampoco puedo culparlo. Entendería, inclusive, que él pudiera estar molesto. No olvido que hace algunos días, el miércoles, cuando yo acompañaba a mi madre por su recuperación en el hospital, Lucas recibió las llaves de su departamento ya amueblado, y yo no estuve allí con él como me habría gustado. Mi abuela me dio todos los detalles en exceso cuando se los pedí, me habló de cómo estuvieron trabajando arduamente ella y su equipo en la constructora de la familia para completar en pocos días el diseño que ella elaboró para los espacios y el mobiliario, por petición de mi padrino, e incluso mencionó la terquedad de Lou en algunos aspectos que implican a su perfeccionismo. Me contó del brillo en sus ojos, de la ilusión en su mirada cuando vio completado su estudio de arte y del orgullo irradiando en su sonrisa cuando colgó en esa misma habitación algunos desastres en pinturas hechas por nosotros mismos años atrás.
Pero no es lo mismo. No se compara con haber estado allí junto a él.
Me alegré muchísimo por él, lo suficiente como para llegar a las lágrimas, pero ni siquiera tuve valor para felicitarlo, para compartirle que su felicidad también es mía o siquiera para disculparme con él por no haber estado allí como una vez lo prometimos. No sabía si al hacerlo estropearía algo, si él todavía meditaba nuestra situación y con mi presencia lo arruinaba, o si acaso estaba enojado conmigo porque no lo busqué luego de que me envió aquel papel con Casey, y decidí resignarme. Sin embargo, me siento todavía culpable por eso, por no haber aceptado ir cuando incluso mamá me amenazó para que fuera. Me siento mal de no haber sido egoísta por un momento y ceder a mis ansias de estar a su lado en un escenario tan importante para su vida.
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Tametzona ©
Teen Fiction[COMPLETA]. La luna es, para algunos, simplemente un misterioso cuerpo celeste que se percibe suspendido en el cielo, y para otros va más allá de ser solo el brillo que se refleja a través del sol. Puede ser luz u oscuridad; ausencia o silenciosa co...
