56. Inmarcesible

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La imagen de la que soy parte todavía me parece irreal, y no sé cómo definirla

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La imagen de la que soy parte todavía me parece irreal, y no sé cómo definirla. Es tan reciente, tan fausta y sublime, que me atemoriza incluso pensar en que la realidad sea otra cuando un nuevo día comience, porque esta es demasiado bonita para ser verdad. Luna es insuperable, lo es también lo que siento por ella, lo que me hace sentir, y el episodio que iniciamos ahora. Y quiero que así sea para toda la vida. Quiero que nuestro vínculo sea inmarcesible, que jamás muera el sentimiento que motivan nuestros gestos y que el simbolismo en la cadencia de nuestros latidos persiga siempre la misma sintonía.

Me encanta que ya podamos estar juntos y la idea de permanecer por siempre.

—No creí que viviría para verte cocinar con tanta pasión.

Elevo la vista hacia su posición sobre la barra de desayuno para verla esbozar una sonrisa burlesca e inocente a partes iguales. Ella juega con la lata vacía de la salsa de tomates, mientras agita sus pies colgantes adelante y hacia atrás.

—Te dije que estaba aprendiendo —le recuerdo—. De hambre no voy a morir.

—Eso es un consuelo valiosísimo para mí. Y es pizza...

Externo una risita nasal sin dejar de sonreír, antes de interrumpirla.

—La masa ya estaba hecha, Selene —puntualizo, obvio—. Y la salsa también.

—¡No te quites mérito! Estás armando una pizza cuando antes no tostabas ni un pan en la tostadora, y eso es demasiado avance. Estás cocinando para mí, eso es lo importante. ¿Qué más necesitas para ser perfecto?

Vuelvo a reír, pero no le respondo. Continúo colocando los ingredientes sobre la salsa ya esparcida en la masa. No cuento con su ayuda esta vez, porque se lo prohibí, pero necesito terminar rápido y liberarme de lo que me impide besarla un poco más. No quiero desperdiciar un solo minuto de tiempo para sentir más de ella esta noche que su disposición y disponibilidad están a mi merced.

—Te deberé la albahaca —menciono, al recordar que le gusta que la pizza se hornee con las hojas, para luego comerla sin ellas—. No tengo acá. No recuerdo que mamá haya traído.

—Compénsalo con mucha salsa y orégano entonces —propone despreocupada. No me observa; todavía ve a la lata, pero tampoco semeja prestarle atención a lo que finge leer. Parece pensativa, y no ve a mis ojos cuando continúa con la voz ahogada por un dejo de vergüenza—. Oye, Lou... Estaba pensando que... ¿Sabes qué otra ventaja tenemos además de no necesitar empezar de cero en nuestra relación?

—¿Que puedes besarme todo el día sin que sea incómodo? —insinúo.

Luna eleva la vista para mirarme, incrédula, y luego expone una risita tímida.

Tametzona ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora