42. Plan perfecto

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Si antes había estado a un paso de la calvicie parcial, en este momento ya restan menos centímetros para llegar a ese destino, porque no debo tener un solo cabello de reserva en el centro del cráneo

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Si antes había estado a un paso de la calvicie parcial, en este momento ya restan menos centímetros para llegar a ese destino, porque no debo tener un solo cabello de reserva en el centro del cráneo. Y me lo merezco, quedar con ese terreno estepario dispuesto para los piojos y la mierda de pájaros por ser tan estúpida.

Creí, tontamente, que al menos estos días sabría lo que es conciliar el sueño con facilidad, que podría dormir como una persona normal porque todo estaría bien y sería un viaje placentero, bonito, repleto de sensaciones positivas y carente de tensiones por el simple hecho de que mi compañía es Lucas y porque tenía un plan, pero eso ni nada similar sucedió, porque nada fue como lo imaginé, y mi cabeza adolorida por el despojo consecutivo y frenético de un cabello tras otro es quien paga las consecuencias. Eso, además de mi cuerpo exangüe por el cansancio.

Ya el sol salió hace más de una hora, y yo todavía me encuentro sentada en el suelo como la patética dramática de bajo presupuesto que soy, recostada de la cama aún con la ropa de la noche anterior, las piernas abrazadas y el mentón apoyado en las rodillas, viendo a través de la ventana al pino del exterior agitarse fuera gracias a la brisa. Ni siquiera es para tanto mi motivación: el ridículo que hice anoche, pero aquí estoy, lamentándome como si estuviera en el velatorio de mis ilusiones luego de que una avalancha de hienas bufonas con cuernos de unicornios y colas de conejos las atropellaran.

Ridícula.

No he llorado demasiado desde que volvimos la noche anterior, solo las dos horas consecutivas que mis lágrimas decidieron liberarse antes de hacer una pausa antes de seguir por un rato más, pero aun así siento que perdí muchas energías. Mi cuerpo entero necesita de un descanso y mis ojos un poco de atención; me duelen y arden como nunca, pican, están hinchados, y ruegan por cerrarse para darme la bienvenida a un mísero período de duermevela que no llega por más que lo intento. No puedo ni he podido dormir un solo minuto. Ni siquiera pestañeo con regularidad. Podría enumerar cuántas veces en todo este tiempo lo he hecho y la cifra no sería muy alta.

Me siento ridícula, decepcionada de mí misma y de mi insípida valentía, absurda por haberme mostrado tan débil y tonta por mi dramatismo sinrazón. Jamás me sentí tan frágil e insegura, y no dejo de martirizarme por eso. Porque no quería que Lucas me viera insegura. Quería convencerlo de que mis sentimientos son reales, y no huir a la primera oportunidad porque sabía que lo haría dudar a él. De él. De mí.

No sé en qué demonios estaba pensando cuando se me ocurrió que podría ser valiente para afrontar mis sentimientos estos días así, para aceptarlos como son, y para enfrentar a Lucas confesándole lo que siento por él antes de volver a casa sin prepararme. ¡Porque debía que prepararme! Ser impulsiva siempre fue sinónimo de mala idea en esta situación y lo sabía, y pese a eso no me detuve.

Y encima lo hice en público.

No quería que sucediera así. Planeaba descubrir estos días lo que siento antes de tomar decisiones al respecto; no me hizo falta estar mucho tiempo lejos para averiguarlo, estoy convencida de que mi amigo no solo me gusta, sino que siento algo muchísimo más intenso e inanerrable, que tiene un poder inmenso sobre mis emociones y que me hace sentir todo lo que antes no sentí en mi anterior relación. Pero no estaba en mis planes hacérselo saber de ese modo. Quería que supiera que estoy enamorada de él, pero no por impulso, no dominada por las ansias, y mucho menos cegada por el deseo de que correspondiera a mis sentimientos. Porque tampoco quería que se sintiera obligado a corresponderme aunque sí me encantaría que así fuera.

Tametzona ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora