45. La magia de tu sonrisa

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—Estuvimos allí dentro como cuarenta minutos escuchando cada misterio del Universo y luego pasamos a ver una simulación de él con estrellas y astros que eran de mi tamaño

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—Estuvimos allí dentro como cuarenta minutos escuchando cada misterio del Universo y luego pasamos a ver una simulación de él con estrellas y astros que eran de mi tamaño. ¡Fue hermoso! No me arrepiento de no haber ido antes. Siento que todos los años de espera valieron la pena. La gente sonría embelesada y Lucas se veía tan contento que no te imaginas... Y se veía tan... ¡Los planetas brillaban, mamá! —añado tras interrumpir lo que podría derivar en una cursilería, porque aunque ella está al tanto de mis sentimientos, no me enorgullece exponer a diestra y siniestra mi ya confirmado enamoramiento, en caso de que el responsable se aparezca por allí. Intento serenarme entonces, dejándome caer en el espaldar del sofá como si mi exaltación por la anécdota que le cuento me arrebatara las energías y necesitara recuperarlas—. Qué lástima que tú y papá se lo hayan perdido.

Mi madre suelta una risita, entre enternecida y burlona, y niega con la cabeza. Seguramente se cuestiona por qué no interrumpió aquel embarazo cuando tuvo la oportunidad.

—Pero de haber ido nosotros Lucas no habría sido tu acompañante y te habrías negado a ver de igual manera el Planetario —analiza, muy acertada.

—Es verdad —razono, añadiendo sin querer más peso a mi estupidez; pero sonrío al instante. Nada puede opacar mi buen humor esta mañana. Me incorporo de nuevo, sonriendo inevitablemente y tan enérgica como lo he hecho desde que estoy despierta—. Pero tenemos que ir igual.

—Y tenemos muchos años para hacerlo aún, mi vida —promete, sonriéndome cómplice y con gentileza. Se remueve apenas en su asiento, en el que no veo más que su rostro bonito delante de una pared blanca.

Tenía la esperanza de atisbar el mural de rayas blancas y grises del comedor, el azul marino degradado de la oficina que comparte con papá o hasta los puntos color pastel: rosa, azul y lila en la pared también blanca de mi habitación en la que se apoya mi escritorio o la amarilla tras la cama, pero no. Ella me muestra solo eso; ningún indicio de que hayan vuelto ya a nuestra casa.

—Mejor cuéntame cómo lo han pasado y por qué estás tan acelerada. ¿Se han divertido mucho? Me da la sensación de que encontraste mejor compañía. —Frunce los labios, falsamente triste.

Aprieto los míos en un intento por ocultar el ensanchamiento de la sonrisa que me expondría a favor de su sugestión.

Amo salir con mis papás, hacer mi vida con ellos como siempre y seguir sin pausas con cada una de nuestras rutinas, pero haber venido este año con Lucas ha sido una experiencia incomparable e insuperable. Pese al bochorno al que me he expuesto y a cada segundo de haber hecho el ridículo, este viaje ha sido un cambio en nuestra costumbre del que me estoy enamorando tanto como de él.

¿Sería entonces una malagradecida si digo que me encantaría continuar haciendo esto con Lou hasta el final? Probablemente sí, pero aun sabiendo que mamá no pensaría lo mismo y que podría decirlo, no es eso lo que dejo salir, aunque tampoco miento.

Tametzona ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora