41. Como ambos nos vemos

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—¿Estás dormido?

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—¿Estás dormido?

Vuelvo a sonreír con desgana a la insistencia de Luna. Ella continúa moviéndose, murmurando, quejándose entre dientes, pero sobre todo persistiendo en sus intentos de comunicarse conmigo. No deja de hacerlo, ni de repetir incesante la misma pregunta, aun estando consciente de que estoy despierto. Porque tampoco dejo de removerme inquieto.

—No —murmuro escuetamente. Me siento cansado aún, mucho, pero mi tono se debe, más que al cansancio, a que no tengo ánimos para hablar. Y creo que tampoco ganas. No quiero iniciar una conversación, porque existe el riesgo de que la situación en la que nos encontramos se vuelva más incómoda.

Sé que odia este tipo de silencios entre nosotros, esos en los que las palabras se intercambian entre nuestros labios, y yo también lo odio, pero ahora no me siento en capacidades de hablar, por lo que el silencio me resulta más atractivo y en cierto modo gratificante. Ella sigue acostada justo a un lado de mí, de verdad y no como tantas veces en mis sueños. Está nerviosa, y aun a mis espaldas puedo escuchar su respiración agitada. Yo tengo demasiado en lo que pensar, y la temperatura cálida de su cercanía mezclada con su olor a vainilla y frutas ciñéndose cada vez más intenso sobre la habitación oscura no ayuda en mi situación. No tengo idea de qué hacer, o si es correcto siquiera tan solo moverme.

Eso por mi parte. Me parece incluso injusto sentirme de este modo y que Luna no parezca estar tan afectada. Desde que me acomodé a su izquierda con una almohada en medio de ambos que ella misma colocó no deja de hablarme, de hacer comentarios con los que sé que quiere asegurarse de que estamos bien y de que su metida de pata no nos afecta. Y supongo que no lo hace, o más que eso, creo que no debería hacerlo. Sé que ella siente nervios aunque no entiendo el motivo, porque son tan palpables como sus dedos cerca de los míos, pero no en la misma intensidad, y me aturde ese simple detalle. Siento que el más nimio acontecimiento ahora me afecta más de lo que debería.

Su almohada en medio tampoco ayuda como debería. Ignoro por qué decidió colocarla entre ambos; no sé si yo lo habría hecho, pero agradezco que tomara la decisión por los dos aunque resulte infructuoso. No me sorprendería que, de hecho, ella salga corriendo aterrada por lo que su cercanía está haciéndome si lo descubre, porque me siento correr el riesgo. Y es que el corazón no cesa de latirme con vehemencia, dramáticamente inquieto; apenas puedo intentar regular mi respiración y tengo un frío inexplicable que no se justifica con el clima asediándonos. Estoy aterrado, me siento vulnerable ante la situación y la proximidad de su piel desnuda, y no quiero que su calor me toque más de lo que estoy dispuesto a enfrentar. Su mano cerca de la mía sobre el almohadón, que por alguna razón ninguno intenta alejar pese a la posición, ya es más que suficiente.

—¿Crees que esto está mal? —inquiere de pronto, en un bisbiseo nervioso que apenas logro escuchar porque estoy todavía de espaldas. Es como si no quisiera escucharse a sí misma, como si le aterrara al mismo tiempo la respuesta.

Tametzona ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora