[COMPLETA].
La luna es, para algunos, simplemente un misterioso cuerpo celeste que se percibe suspendido en el cielo, y para otros va más allá de ser solo el brillo que se refleja a través del sol. Puede ser luz u oscuridad; ausencia o silenciosa co...
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El ligero murmullo que me asedia se intensifica con el pasar de los segundos, atrapándome en una red de la que por más que me gustaría pero no intento, no logro escapar.
El fragor de gritos de los niños, ruedas de pequeños autos de plástico chirriando en el piso, llanto, simples voces integradas en conversaciones, canciones, y lamentos, se mezclan hasta formar una envolvente y acompasada fiesta de sonidos que asumo insoportable. Adoro a los infantes y en condiciones normales en este instante me encontraría disfrutando de su alboroto, pero no hoy. Estoy tan dispersa y cansada, que ni siquiera alcanzo a encontrar más allá de mis divagaciones y pensamientos el origen del barbullo para centrarme en al menos un fragmento de él.
Estoy en cuerpo en el salón, pero mis pensamientos se desplazan con lentitud a miles de kilómetros en una ubicación que incluso desconozco, porque me encuentro inhábil de conseguir siquiera una señal a la cual aferrarme para identificarla. Es como si mi propio cerebro se encontrara atareado, agotado, y hoy decidiera actuar en mi contra enviando mi concentración de vacaciones; liberando sin consideración la tormenta de elucubraciones que viajan en un triciclo sin pedales conducido por un niño de un año que apenas da sus primeros pasos en los rieles de mi sistema, ralentizando mis movimientos, comportamiento y actitud.
—¿Te gusta, Luna?
Pensé que venir me ayudaría a despejarme y al mismo tiempo servir de ayuda en el centro, pero ahora, a casi dos horas de permanecer sentada en la misma sillita de plástico verde frente a Casey, siento que no hago más que estorbar y ennegrecer el fulgor propio de la pequeña niña, quien toca asiduamente el dorso de mi mano derecha con una de las suyas para llamar mi atención.
—¿Te gusta? —indaga presa de la vergüenza, mostrándome los tres vagones de tren plasmados en el papel que coloreó con el lápiz azul, rosa y lila respectivamente, sobre los que puso su mayor esfuerzo para no pintar fuera del contorno.
Sonrío, tomando la hoja para evaluar el resultado de su trabajo.
—Me encanta como todos los que haces —aseguro, viéndola de vuelta para notar que sonríe todavía apenada, con las mejillas además sonrojadas por recibir este tipo de palabras que pese al tiempo transcurrido no la tienen fogueada.
Como respuesta a su reacción, ensancho mi sonrisa, solo con la intención de no incomodarla más.
De todos los niños con los que comparto a diario, ella es con quien de inmediato alcancé a formar un vínculo afín. Tiene cinco años, y desde la primera vez que la vi hace uno, pusilánime, recelosa y rodeándose los brazos en un intento desesperado de protegerse del pasado funesto e inentendible para ella que la perseguía afuera, de alguna manera se llevó toda mi atención.
La mayoría de los niños que vienen al refugio traen a cuestas una historia que insiste en ensombrecer sus días, por no decir que todos, y ella no es la excepción. Desde el inicio de su desarrollo siendo un embrión, un nonato en el útero de su madre, estuvo expuesta a todas las drogas y vicios ilícitos existentes en las calles, y la situación no mejoró cuando ella nació. A su madre realmente no parecía interesarle su salud y mucho menos la de la niña, por lo que, según las palabras de su tía, quien trajo a la niña porque no podía hacerse cargo, no se sometió a ningún tratamiento pre o pos natal. El estar todo el tiempo dopada era lo único que conseguía su interés.