28. Los amigos tampoco se gustan

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Durante toda mi vida he tenido demasiada suerte

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Durante toda mi vida he tenido demasiada suerte. El ser hija única me ha hecho el centro de la vida de mis padres, mis amigos no pueden demostrarme más cariño de como hasta hoy lo han hecho y mi familia en general me mantiene en un pedestal cuidándome como su mayor tesoro, ese que debe protegerse de cualquier mal en el mundo. Y luego está Lucas, regalándome un amor mucho mayor del que creo merecer.

Siempre he sido afortunada con lo que me ha tocado y por lo mismo, por el hecho de ser consentida hasta por quien no debo, nunca me vi en la necesidad de querer paralizar el tiempo. He podido vivir como toda persona desearía y cuando estaba en la obligación de abandonar algo que me hacía feliz jamás rogaba por alargar el momento un instante más; mis padres me ofrecían alternativas para suplir lo que dejaba y cada suceso generalmente me parecía tan gratificante como el otro.

El que me hayan enseñado desde que soy niña a ser prudente, a entender lo que es real o lo que no y lo que como humana está dentro de mis posibilidades también ha sido de ayuda, me ha servido de guía para no actuar como una caprichosa que pide a gritos lo que quiere. Gracias a esas enseñanzas todo el tiempo he sabido entender y acoplarme a mis circunstancias, he asimilado lo que soy capaz de conseguir con o sin ayuda, pero sobre todo he aprendido a no pedir algo tan imposible como lo es detener el giro del mundo. Por esta razón jamás lo había deseado tanto como lo deseo ahora.

Jamás se había plantado en mí la idea, y por sobre todas las cosas, nunca pensé encontrarme en una situación como esta con Lucas, pidiéndole al universo que detenga mientras le sea posible los engranajes que hacen girar al mundo y con este al tiempo. 

Sujeto todavía su rostro con ambas manos, previniendo asustada la posibilidad de que decida alejarse dándome a entender entonces que solo yo quiero esto, porque necesito descubrir que no soy la única que lo está disfrutando. Anhelo como nunca antes deseé algo que Lucas sienta al menos un poco de lo que en este momento gracias a sus labios, a su cercanía y a su tacto suave estoy sintiendo yo, ese cosquilleo que me recorre frenético. Necesito que él entienda de alguna manera lo que con su sola existencia está haciéndome, que pueda comprender siquiera por un segundo la manera en la que hace revolucionar a mis emociones al punto de dejarme carente de defensas y el cómo incrementa el palpitar del corazón tras mi pecho su mero tacho, porque no quiero lidiar sola con todo esto.

Él también me sostiene, al principio hesitado y temeroso, pero pasados unos segundos en los que asimila que esto está sucediendo lo siento relajarse y deslizar con suavidad la mano que estaba en mi mentón para trasladarla tras mi nuca y subirla poco a poco hasta introducirla entre las hebras de mi cabello. Con la izquierda asegura nuestro contacto tomando mi mejilla, en la que traza melifluos círculos con su pulgar que asimismo consiguen relajarme.

Esta es su manera de demostrarme, con su tacto, que esto sí es real, y el sentir esto me embarga de una completitud inafrontable. Ni siquiera puedo responder de otro modo que no sea dejándome llevar. Pienso que quizá, el que él corresponda de esta manera vehemente a mi arrebato emocional y a esa necesidad abrumadora que detento de sentir más de lo que hasta ahora ha podido darme, puede significar que no estoy del todo sola en esto, y que en verdad, tal como hace instantes me lo dijo, siente mucho por mí.

Tametzona ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora