Viajar a Portland implica tener en cuenta que, sobre todo a finales de otoño, la aparición de lluvias y precipitaciones jamás son inopinadas, que pueden surgir en cualquier momento, y que por lo mismo traer ropa abrigada es indispensable y casi una cuestión de amor propio; tan necesario e importante como el alimento. Lo planteo de este modo porque fue así como me lo inculcaron de niña: que amarse es sinónimo de cuidarse a sí a mismo, y que conlleva no exponerse a una posible helada a pesar de que en esta época del año no son muy recurrentes.
A nosotros no nos sorprendió, por supuesto. Ambos vinimos preparados, con abrigos de precaución y paraguas inclusive, porque el cielo fue bastante indicativo durante toda la madrugada en la que no cesó la concurrencia de una llovizna ligera y el grisáceo se mantuvo indeleble en lo más alto desde entonces y hasta ahora, que suaves gotas se dejan caer en una secuencia rítmica y deliciosa. Por lo mismo, ahora solo nos deleitamos con la estampa que nos regala la naturaleza sin motivos para quejas.
Adoro el olor a pretricor, esa fragancia que desprende el agua de lluvia cuando se mezcla con el material arenoso y seco de los suelos y el pavimento; el repiquetear de las gotas contra el techo de concreto, el sonido que reproducen las mismas al golpear el cristal de la ventana, y amo por sobre todas las cosas ver perdido en esa imagen a Lucas.
Él no ve el resto de comida sobre su plato, no habla; simplemente se mantiene atento a la retahíla de agua que cae con suavidad, tan acompasada y serena como su respiración, y la melodía suave que inunda el ambiente desde un aparato de música en el recibidor. Él se centra en la representación que le regala el clima como si apreciara su última obra ya concluida, casi con satisfacción y deleite.
Mi deleite es él.
Pese a que aún tengo hambre y mi concentración debería estar entera en mi alimento, mi atención inevitablemente alterna de su figura a mi plato donde todavía me espera un trozo de carne de ternera bañado en salsa de bayas, brócoli y puré de papas. No puedo renunciar a nada de eso, ni a él ni al deguste de mi paladar, y por suerte soy capaz de alimentar a mi cuerpo y a mi alma con su presencia al mismo tiempo.
Desde hace varios días entiendo al fin qué es lo que él está haciéndome, reconozco y sé a qué se debe su hechizo y esa necesidad que tienen mis receptores sensoriales de sentirlo: escucharlo, tocarlo, verlo; y comprendo entonces que no tengo razones para limitarme de sentir todo lo que me provoca ahora que soy lo suficientemente valiente para ponerle un nombre y aceptarlo. Decidí que no voy a darle otro concepto a lo que significa para mí estar enamorada de Lucas porque ya no tengo miedo de enfrentarlo, porque me encanta estarlo, porque se siente bien, y porque mi cuerpo entero me indica que toda sensación vale la pena.
Lucas expone un suspiro y desvía la mirada un segundo del paisaje para fijarse atento a la mesa, de donde toma el vaso con su bebida ilícita. Está lloviendo, la carretera está mojada en consecuencia y él va a conducir; no me sorprendió que rechazara todo líquido que no fuera agua por lo que alegó su sentido de responsabilidad.
No lo critiqué, porque además tenía razón, y opté por mostrarle un poco del amor que le tengo aunque mi ofrenda me perjudicara. Al verlo, a mis sentimientos no les quedó más remedio que empatizar con él, hacer el sacrificio y pedir a su nombre un batido de piña que por suerte ya consumió, pero que todavía inunda de una pestilencia desagradable mis fosas nasales. No soporto el olor de la fruta ni su existencia, ¡si hasta fea es!, pero sé que por él, que me dijo que no era necesario que hiciera tal cosa y opuso resistencia, lo valió durante el tiempo que duró el contenido. Él lo disfrutó y para mí fue suficiente. Mientras tanto, aunque no lo digo, todavía intento refugiarme de ese mal insoportable con mi jugo de fresas.
—¿Siempre que vienes pasa esto? —inquiere Lucas.
Su voz llega como un ancla a la realidad a la que decido sujetarme, lejos de mis pensamientos, para notar que ahora se fija en mí contumaz y con dulzura. Y sonrío por la imagen que sigue dándome. Su cabello revuelto se agita sin pausas, impulsado por la brisa que nos golpea con furia directamente desde fuera; conserva la nariz y labios enrojecidos por el hálito y la serenidad en cada milímetro de su semblante, inalterable pese a las circunstancias.
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Tametzona ©
Teen Fiction[COMPLETA]. La luna es, para algunos, simplemente un misterioso cuerpo celeste que se percibe suspendido en el cielo, y para otros va más allá de ser solo el brillo que se refleja a través del sol. Puede ser luz u oscuridad; ausencia o silenciosa co...
