[COMPLETA].
La luna es, para algunos, simplemente un misterioso cuerpo celeste que se percibe suspendido en el cielo, y para otros va más allá de ser solo el brillo que se refleja a través del sol. Puede ser luz u oscuridad; ausencia o silenciosa co...
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El débil y tembloroso gruñido de Gaia, mi mascota, consigue que me muerda el labio inferior con fuerza. Tontamente, pienso que ese gesto disminuirá su malestar cuando sé que por más que me gustaría jamás será así.
Está asustada, nerviosa por encontrarse en un lugar desconocido, y lo único que soy capaz de hacer en un intento de hacerle ver que estoy para protegerla es acariciar su cabeza y tomar su patita delantera izquierda.
Siempre he sentido por ella, y lo que le provoca dolor también me lo causa a mí; y es extraño tomando en cuenta que la tengo conmigo hace tan solo dos meses de los tres de edad que tiene, desde que papá me la llevó luego de adoptarla en una casa de refugio donde la habían dejado abandonada junto a sus tres hermanos.
Tener este tipo de responsabilidades que implican ver sufrir y sentir el dolor de una criatura indefensa, ajena a todo mal en el mundo e incapaz de protegerse por momentos, es una de las razones por las que he decidido que mis mascotas serán mis únicos hijos en la vida. Y es que hasta ahora jamás me había hecho cargo de mis perros, gatos, conejos o incluso peces. Yo solo me encargaba de darles amor, comida y acompañar a mis padres algunas pocas veces al médico, pero desde que la tengo y tomé la responsabilidad casi por completo, he entendido que los cuidados que ella amerita son diferentes. No quiero ni imaginar todos los que requiere un pequeño humano.
Y para convencerme de que la maternidad duele, tengo a mi mamá.
Gaia cierra los ojos y se relame la boca, seguramente intentando humedecer sus finos labios que se han secado como consecuencia de los nervios, y yo continúo con mis caricias mientras la doctora hace su trabajo.
Hace una hora estamos en la clínica veterinaria, colocándole finalmente la vacuna pentavalente a mi Golden Retriever luego de haber esperado por semanas.
He investigado mucho desde antes de tenerla conmigo, porque quiero convertirme en veterinaria en unos años, y encontré en mis estudios que no cuidarlos de las enfermedades que previene esta vacuna es muy peligroso, y no quiero arriesgarme cuando apenas la tengo. Por eso mis ansias.
—Ya estamos listos, Gaia. ¿Lo ves, pequeñita? Todo fue muy rápido y ni siquiera te dolió —enuncia Jackie, la doctora, dirigiéndose con cariño a mi mascota. Examina sus ojos una última vez, que de nuevo están abiertos, y se dirige a nosotros, girando sobre sus talones para vernos a la vez que se quita los guantes de látex—. Agendaré el siguiente encuentro para dentro de tres semanas. Has hecho un buen trabajo con ella, Luna, ya ha tomado el peso ideal y los exámenes están perfectos —me comunica sonriendo, y esas palabras consiguen sacarme una sonrisa orgullosa.
Giro a ver a mi papá, Liam, que me mira también sonriendo desde la silla en la que se encuentra desde que llegamos, y noto que asiente con la cabeza, dándome su apoyo y felicitación de ese modo.
Ya soy una vieja, pero ellos siguen dándome motivación de este modo como si fuese una niña.
—Puede haber efectos secundarios con la vacuna, ¿verdad? —pregunto a Jackie, viéndola de nuevo—. He estado investigando.