47. Es suficiente

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Otro ralentizado bostezo se adjunta a la suma consecuente de mi insomnio esta mañana.

El sol ya hizo su aparición hace al menos un par de horas, y sin embargo, creo que no he pegado un ojo en casi toda la noche. Mi mente sigue trabajando vigorosa y enérgica tejiendo imágenes de Luna, incansablemente, y recreando una y otra vez las actitudes y gestos que ha tenido los últimos días conmigo, como si necesitara encontrar respuestas concluyentes a nuestra situación y lo que esto está haciendo de nuestro vínculo. Estuve durante muchas horas viendo sus fotos sin pausas, los videos que he grabado en esta travesía de ella, y aquellas efigies en las que nos hallamos juntos. No consigo dejar de lado en mi memoria sus caricias, su tacto remozado al mío y cómo busca afianzarlo; sus indirectas punzantes y recurrentes, su sonrisa cautivadora que corroe mi voluntad, lo que su cercanía está haciendo de mí y el beso que a mala hora evité la noche anterior, porque si algo quería era desarrollarlo.

Me torturo a consciencia, porque creo que me lo merezco. No dejo de pensar en lo que estoy haciendo con todo esto, en mi cobardía y mis rechazos que no quiero darle, pero que por desgracia siento que siguen siendo correctos. Sé que no es nuestro destino estar juntos de esa manera, por mucho que ella me corresponda, aunque su conducta me enamore cada instante un poco más.

Me toma tiempo intentar asimilarlo.

Cuando decido abandonar la cama ya son casi las ocho de la mañana y me dirijo directamente al baño. Opto por darme una ducha, que espero me ayude a despertar de mi ensoñación y disipar todos estos pensamientos, y una vez aseado y vestido me encamino hacia la cocina. Ella está lesionada, por lo que me corresponde preparar el desayuno solo esta vez mientras todavía duerme, lo cual no le toma mucho tiempo.

Luna aparece apenas unos minutos después de mí, todavía en pijamas, con el cabello disperso hacia cualquier dirección y una expresión apagada, como pocas veces se encuentra al despertar. Tiene un ligero tono oscuro bajo sus ojos y casi se arrastra bostezando, porque quizás ella tampoco durmió durante la noche.

No quiero atreverme a adivinar la razón. Ya no necesito hacerme ilusiones porque estoy convencido de que siente algo por mí, algo que quiere decirme, y repetírmelo no hace más que confirmarme que soy un tonto, además de hacernos daño a ambos.

—¿Cómo está tu tobillo? —le consulto, luego de que me saluda entre bostezos con una ligera sonrisa.

Me acerco algunos pasos hacia el pequeño desayunador, con su bebida achocolatada en una mano y mi café en la otra, de manera que asuma que quiero sentarme a su lado. Ella parece captarlo enseguida.

—Mucho mejor —asegura, y avanza renqueando algunos pasos hacia adelante. Se ubica con cuidado en la silla junto a la mía y toma la taza sobre la superficie, por la cual me agradece; da un trago y continúa—. El dolor no se siente tan intenso como ayer gracias a las pastillas que me diste.

—¿Y por qué no dormiste bien?

—¿Dije que no lo hice? —replica, falsamente desentendida. Finge inocencia en su risita disimulada.

—No sería necesario que lo hicieras —apunto, burlón.

Ella sonríe tímida, confirmando mis palabras sin intención, antes de dar otro sorbo a su chocolate frío.

—No preparaste nada más, ¿verdad? Hoy solo quiero cereales.

—Apenas me diste tiempo de hacer esto —confirmo—. Pero es mejor, así puedo ir antes a buscar tus pastillas a la farmacia. Solo queda una de las que trajimos.

—¿Y vas a dejarme aquí sola, para que alguien me robe y me venda en una subasta al mejor postor? —se indigna, aunque la mirada que exhibe transmite más ternura que molestia.

Tametzona ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora