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Pov Eira

La cabeza me dolía después de haber estado llorando hasta quedarme dormida. Mi cuerpo se sentía pesado y no tenía ánimos para nada, de hecho, ni siquiera quería levantarme de la cama y no tenía apetito.

— ¿Tienes hambre? — Le pregunté a Azula.

— Bastante. — Murmuró apenada.

Pobrecita, había estado pasando hambre por mi culpa... No iba que eso sucediera solo porque mi estómago estuviera completamente cerrado, éramos un equipo y ambas debíamos estar bien.

— Si quieres podemos ir al bosque para que puedas cazar. — Azula no dudó en tomar el control de mi cuerpo.

Mi piel comenzó a desaparecer y aquel montón de pelo gris cenizo nos cubrió en poco tiempo. Sus patas avanzaron por la mansión de forma sigilosa y una vez en el exterior se adentró al bosque sin perder el tiempo.

Si algo me encantaba de Azula era la elegancia con la que caminaba y lo buena que era orientándose. De haber sido por mí me habría perdido, no sabría cómo regresar a casa y posiblemente terminaría muriendo en el bosque.

— Amarga. — Se quejó cuando el sabor de la ardilla que había cazado no le gustó.

— ¿Cómo es posible que no te guste? Las ardillas tienen buena carne y sangre. — Informó Aitor, quien nos observaba desde las faldas de un árbol bastante amplio.

¿Desde cuándo estaba allí?

No lo habíamos escuchado llegar y su aroma no nos llegó a la nariz.

— Gracias por el dato, pero nadie te preguntó. — Ella abrió el hocico para que el pequeño animal cayera al suelo.

— Me preocupo por ti. — Dijo el lobo.

— ¿Oh, sí? — Azula rio de forma burlona. — Se nota y mucho.

— Azula...— Él comenzó a acercarse pero ella le gruñó.

— Aléjate y no me hables. — Dicho eso, nos alejamos para seguir buscando algo que a ella le gustara.

Él nos seguía y no se preocupaba por ocultarse, al contrario. Aitor asustaba cualquier animal que Azula viera y le pareciera apetecible, incluso se atrevía a dirigirle la palabra cada tanto tiempo.

La estaba provocando descaradamente y no parecían importarle las consecuencias.

— ¡No me gustan los lobos negros! — Gritó ella cuando su paciencia se agotó.

Después de que Aitor no le hubiera permitido comer nada durante más de una hora y la persiguiera como si fuera su sombra, ella se cansó.

Era evidente que el lobo iba a reaccionar pues su pelaje era tan negro como la noche. Él no era precisamente un paciente y mucho menos gentil, por eso no fue una sorpresa que se lanzara sobre nosotras.

— Eres mía. — Dijo mientras olisqueaba el cuello de la loba.

— No. — Azula estaba pasando sobre sus propias advertencias.

En más de una ocasión me había dicho que nunca era bueno llevarle la contraria o ser irrespetuosos con a un Alfa molesto, pero ahí estaba ella, lista para morderle la pata al intimidante lobo.

— Me perteneces, la Diosa Luna te destinó a mí. — Gruñó cerca de la oreja de Azula.

— Me gustan los lobos de pelaje rojizo. Voy a rechazarte para unirme a uno rojizo, fiel y cariñoso. — Aitor cerró el hocico alrededor de la oreja derecha de ella y tiró.

— ¡Mía! — Bramó.

— No te atrevas a marcarme. — La advertencia de Azula logró que él soltara la oreja.

The Moon© ML #1Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora