Capítulo 26

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Abigail

Me apresuro camino a mi habitación para prepararme obligándome a dejar de lado los sentimientos. Mi cabeza solo puede pensar en que Semyazza y su ejercito se encuentran en Canadá y en que definitivamente aquello no es ninguna coincidencia.

Él sabe que ahí es donde nací. Sabe que ahí viví casi toda mi vida como humana. Sabe que mi familia todavía lo hace. Y que me parta un puto rayo si se atreve a tocarlos. No lo voy a permitir.

Ellos no tienen la culpa de nada, ellos ni siquiera saben la verdad de lo que pasó. Mi padre y mi abuela solo piensan que hui sin explicación, por eso desde que estoy aquí he evitado a toda costa ir a la tierra, porque me conozco y supe que simplemente el ver como estaban manejando la situación, si es que habían hecho intento de buscarme o no, o solo como se encontraban con respecto a mi ''huida'', iba a dolerme como una mierda. Supe que la tentación de ir a visitarlos y explicarles todo iba a ser demasiado grande y podría caer en ella.

Avanzo por los pasillos con un nudo en la garganta. Los demás ángeles andan de aquí para allá también alistándose apresuradamente, ya todo el mundo fue avisado de lo que ocurre, incluidos los demonios, que ya deben de venir aquí para que lleguemos todos juntos.

Los arcángeles están jodidamente nerviosos y preocupados, por lo que me costó la vida aparentar calma para tranquilizarlos y asegurarles que todo iba a salir bien cuando internamente estoy embargada de un huracán de emociones.

Estoy asustada, temerosa y enojada, siento que voy de lleno a la jaula de los leones y que no puedo hacer nada por evitarlo. Absolutamente nada.

Respiro hondo en un intento de relajarme, pero es en vano, así que solo continúo con mi andar. Estoy a punto de llegar al ala este y doblar el pasillo de camino a mi dormitorio, en cuanto veo una figura de pie dando vueltas de lado a lado frente a la puerta. Frunzo el ceño en confusión al darme cuenta que se trata de Azazel.

Me acerco hasta dónde se encuentra y él percibe mi presencia en ese instante. Se gira hacía mí, y solo entonces noto el pequeño corte que tiene en el pómulo, quizá producto de haber separado a Mathea de Derik. El demonio estaba muy enrabiado y debió de haber golpeado al incubo sin darse cuenta.

—¿Estás bien?— le pregunto cuando me paro frente a él. Sus cejas están fruncidas y su expresión tensa, pero algo me dice que no es por el dolor del golpe.

—¿Y tú?— suelta abrupto, y su tono de voz molesto me toma por sorpresa.— ¿Te parece que lo que hiciste está bien?

—¿Qué te pasa?— le respondo, sin el humor para que me venga a hablar así.— ¿Vas a darme un sermón tu también? Porque no voy a escuchar una mierda.

Lo esquivo por el costado y entro a mi cuarto.

—No, a mi sí que me importa un carajo a quién le metes la lengua o no.— espeta a mis espaldas, claramente enfadado. Azazel nunca se ha puesto así conmigo y ahora me viene agarrando en un mal momento para soportar lo que tenga que decirme.— Lo que me jode son los motivos por los que lo hiciste.

—¿Y que rayos sabes tú?— bufo de regreso.— No tienes idea de nada.

—¿No? Pero, ¿te crees que no te conozco?— me giro hacía él para enfrentarlo. Se encuentra de brazos cruzados, como retándome.— ¿Crees que no me di cuenta?

—¿De qué me estás hablando ahora?— frunzo las cejas en genuina confusión. ¿Por qué todos me dicen lo mismo de repente?

—Que es obvio.

—¿Él qué?— me arrepiento y sacudo la cabeza. Prefiero no escuchar la respuesta.— Mira Azazel, mejor solo...

—Te tragaste tu dolor.— dice, cortándome de lleno.— Te resignaste a tu vida sin intentar pelear, sin gritar, sin llorar. Y eso era lo que necesitabas.— mi garganta se cierra dolorosamente.— Te encerraste en tus propios pensamientos, creíste que un saco de boxeo iba a ser suficiente y te hiciste miserable, Abigail, por eso actúas como actúas y por eso creíste que Derik iba a llenar el vacío con el que vives. Te convertiste en un fantasma andante, y tu no eres así.

PERDICIÓN (#2)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora