Mathea
—Clavalo en mi corazón.— susurra apenas—Hazlo y acaba con todo esto.
El mundo se vacía de golpe, algo se abre bruscamente en mi pecho con sus palabras, un hueco que arrasa conmigo, y cualquier rastro de razonabilidad me abandona por completo.
—No puedes dejarme.— digo, negando con la cabeza, incapaz de aceptar siquiera la idea.— No puedes dejarme, Abigail.
Pero no retrocede, no se retracta ni aun por el miedo que sé que tiene. Nunca lo hace cuando ya ha tomado una decisión.
—Te amo...— esas palabras terminan por aniquilarme, mi mandíbula se aprieta con fuerza por el enojo que me genera esta situación y sobretodo, escucharla simplemente aceptarla.—Gracias por... por hacerme conocer tanto, por darme tanto...
No quiero oír nada más, me rehúso a que lo que me está diciendo ahora tenga el peso que está teniendo.
—Detente.
—No quiero dejarte.— me aclara, pese a lo mucho que me cuesta creerle.— Pero ya no puedo más...
Me destroza verla en este estado y no poder hacer nada al respecto, siento como el fuego en mi interior por primera vez en mi vida quema como nunca, y sé que ella puede verlo: el desastre, la fractura, el pánico. Lo sé porque entonces, con dificultad, me jala hacía si y busca mi boca con la suya de una forma que busca apaciguarme, darme algo de tranquilidad.
Pero falla.
Nuestros labios conectan y el dolor que sucumbe mi pecho se vuelve insoportable, profundo de una manera lacerante. Apoyo mi frente en la de ella y aprieto los ojos, mi mente no deja de pensar, de maquinar, pero cada idea que surge se siente inútil.
—Es la única manera— repite una vez la vuelvo a mirar, y aprieta su mano sobre la mía, obligándome a sostener el cuchillo.— Quiero que sea así, por favor, Mathea. Hazlo tu y no le des el maldito gusto a él.
Inhalo profundamente, la mandíbula rígida, tragando saliva como si eso pudiera ayudarme a soportar todo lo que está sucediendo, como si eso pudiera prepararme para lo inevitable.
El silencio se estira como una cuerda a punto de romperse, en los cuales mi cabeza hace conjeturas a la velocidad de la luz. Cada segundo es una tortura distinta, el abismo observa, ella espera, y yo no dejo de calcular.
Inconscientemente mi mano maniobra el cuchillo, siento que la hoja pesa más de lo normal, y no es por el metal, sino por lo que significa. Por lo irreversible, porque si doy ese paso, nada, absolutamente nada, volverá a ser como antes.
Mi mirada baja a ella sin que pueda evitarlo. Su pecho apenas se eleva, demasiado lento, demasiado débil. Cada respiración parece una concesión incierta del mundo, algo que puede retirarse en cualquier momento.
Suelto aire por la nariz. El demonio en mí ruge, desesperado, buscando una salida que no existe. No hay truco, no hay pacto, no hay violencia que pueda arrancarla de este momento, y eso es lo que mas me enfurece.
No puedo permitirlo.
—Perdóname, amor.— murmuro, y la vuelvo a besar con una suavidad que no le hace justicia al caos que me atraviesa.
Sus labios están fríos. Demasiado quietos. La beso como si fuera la última vez, como si el mundo estuviera a punto de desaparecer, y ante eso, ella cierra sus ojos y suelta una bocanada de aire como si se estuviera levantando un peso del pecho.
—Está bien...—murmura.— Está bien...
La veo hacer eso y no sé como actuar. Siento como se prepara, como deja de luchar, y es como si algo denso me anclara en mi sitio. Por un segundo, verla comportarse así, tan cansada, tan resignada a lo que quiere, me hace considerar algo diferente, me hace luchar contra mi mismo y hacer un amago de entender, de hacer lo mismo que ella y no resistir más, dejar de lado mis propias convicciones e intento ver más allá.
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PERDICIÓN (#2)
FantasíaSECUELA DE ''DESTRUCCIÓN'' ''El dorado de su iris luce despiadado, la sangre que salpica en su rostro y alas la hacen ver más siniestra, más aguerrida, más letal... En medio de la brisa, y de toda la tempestad, nuestros ojos se encuentran, y el vací...
