Narrador omnisciente
No se supone que debía terminar así.
Después de tantas guerras, tantos gritos, tantas muertes y disputas, cualquiera esperaría que todo culminase con un final feliz. Con un héroe, o mejor dicho, una heroína.
Abigail en estos momentos estaba lejos de ser una. Aún con lo mucho que le costó ganarse el respeto de los demás, de ser fuerte y temeraria, de intentar combatir la batalla interna que tomaba lugar en su mente y alma, todo parecía haber sido en vano con el acontecimiento en el banco.
Nadie nunca espera que un ángel prenda en llamas el mundo a su alrededor. Nadie nunca intentó comprender el cómo.
La lluvia de la noche caía torrencialmente por la ciudad, y las gotas de agua del cielo caían a la par con las lágrimas silenciosas que se deslizaban por sus ojos. Estaba completamente empapada, no portaba su armadura, ni siquiera traía consigo su espada, sus alas estaban guardadas y su ropa se le pegaba a la piel producto de la humedad.
Abigail caminaba a duras penas a través de aquellas largas y vacías calles, con la mente vuelta un lío y la cabeza gacha. Si cualquiera la viera ahora mismo jamás pensaría que es la comandante de una de las legiones más importantes de los mundos, lo único que creerían, quizás, es que no es más que una chica rota y deshecha sin las fuerzas para seguir viviendo.
Y asimismo se sentía.
Su mejor amiga, la única persona que siempre la contuvo, que la entendió pese a no entender nada, había sido asesinada a sangre fría frente a sus ojos. Por una venganza; por algo que ella provocó al ser cegada por las ganas de probar un punto. Fue tanto el dolor, la ira, la impotencia...que la detonación causó más daño del que alguna vez se hubiera imaginado.
Y con ello, su límite, su único límite...lo había traspasado.
Su cuerpo se sentía vacío, cada una de sus extremidades estaba entumecida y sus piernas se encontraban más débiles que nunca. Sin embargo, el cansancio físico no era más grande que el emocional, y se aferró a eso para no detener su andar.
No podía. Algo en su interior le exigía llegar a su destino fuese como fuese desde que se despertó en el castillo después de todo lo ocurrido. Por eso había vuelto a Toronto, por eso ahora mismo caminaba bajo la fría lluvia en dirección al banco. Porque la culpa le reclamaba regresar a ese lugar y ver con sus propios ojos el resultado de lo que había hecho.
Caminó y caminó. Con la oscuridad de la noche desconectándola cada vez más del presente, del ahora, como si una nube de humo oscuro y pesado la siguiera en todo momento con la única función de atormentar su juicio. Nunca antes se había sentido más devastada, nunca antes quiso castigarse a si misma tanto al punto de necesitar regresar a la escena del crimen.
Todo le había salido mal, y no podía dejar de culparse por ello.
A tan solo unas calles del asolado banco, el peso de lo que estaba haciendo finalmente se asentó sobre ella.
Un nudo se creó en su garganta cuando vio a poca distancia los restos de lo que había quedado, y su mandíbula se tensó con fuerza cuando apretó los labios en un intento de contener un jadeo.
No se permitió llorar.
Las cintas de ''no pasar'' rodeaban la manzana impidiendo acercarse al lugar, y la fachada del edificio estaba completamente destruida. Si tan solo el exterior estaba en ruinas, no pudo ni imaginarse el interior. Los muros se encontraban despedazados, la pintura blanca que alguna vez cubrió las altas y esbeltas murallas del banco de Toronto ahora no era más que un oxidado negro que escalaba por doquier la estructura.
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PERDICIÓN (#2)
FantasíaSECUELA DE ''DESTRUCCIÓN'' ''El dorado de su iris luce despiadado, la sangre que salpica en su rostro y alas la hacen ver más siniestra, más aguerrida, más letal... En medio de la brisa, y de toda la tempestad, nuestros ojos se encuentran, y el vací...
