XVI. parte 1

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Un domingo por la tarde tuvimos una verdadera invasión de visitas, y en aquella ocasión se suscitó por primera vez el tema del baile de trajes. Había estado a comer Sehun y nos preparábamos los tres a pasar una tarde tranquila debajo del castaño, cuando oímos que un automóvil se acercaba por el recodo del camino. Ya era demasiado tarde para avisar a Jongdae, pues en aquel momento paró el coche ante la escalinata, sorprendiéndonos en la terraza, con las manos llenas de periódicos y almohadones.

Tuvimos que bajar y recibir a los inesperados visitantes. Como suele ocurrir en estos casos, no fueron los únicos que nos visitaron aquel día. Una media hora más tarde llegó otro automóvil, y luego tres personas, que habían venido dando un paseo a pie desde Kerrith. Fracasaron nuestros planes de un día sosegado y tuvimos que atender a unos y a otros de aquellos conocidos, conduciéndolos a dar el paseo de rigor por la finca: una vueltecita por la rosaleda, un paseo por la pradera y la obligada inspección del Valle Feliz.
Naturalmente, se quedaron a merendar, y en lugar de habernos tomado sin ceremonias unos emparedados de pepino junto al castaño, tuvimos que sobrellevar el complicado aparato de un té, servido en el salón, lo que siempre me molestaba muchísimo.

Jongdae, naturalmente, se encontraba en su elemento en estos casos, dando órdenes a Luhan, subiendo y bajando las cejas; pero yo, incómodo y aturullado, nunca llegué a manejar con soltura la monstruosa tetera de plata ni la enorme cafetera para el agua caliente. Nunca supe a ciencia cierta cuándo llegaba el momento de diluir el té con el agua hirviendo, Y más difícil aún encontraba tener que concentrarme simultáneamente sobre la conversación trivial que se sostenía a mi lado.
En tales momentos Oh Sehun no tenía precio. Cogía las tazas y las pasaba a los demás y cuando aumentaba la vaguedad de mis contestaciones, por estar pendiente de la tetera de plata, entonces él, de manera discreta y suave, intervenía hábilmente en la conversación, relevándome de mis responsabilidades.

Chanyeol siempre estaba al otro extremo del cuarto, enseñando un libro, o mostrando un cuadro, desempeñando el papel de señor de la casa con su inimitable facilidad; todo lo relacionado con el té y sus complicaciones, por no ser de su incumbencia, le tenía sin cuidado. Su propia taza de té se enfriaba, abandonada junto a unas flores; pero yo, sudoroso tras la tetera imponente, y Sehun, haciendo admirables equilibrios con bollitos y bizcochos, teníamos que cuídar los apetitos de aquel rebaño, abandonados de Chanyeol.
Fue lady Yang Zi, una señora aburrida y efusiva con exceso, que vivía en Kerrith, quien sacó el asunto a relucir. En uno de los silencios que sobrevienen durante cualquier reunión, cuando ya veía que Sehun se proponía hacer esa tontería de si sería o no sería la hora y veinte o menos veinte, lady Yang Zi, acertando a equilibrar con gran habilidad un buen trozo de bizcocho sobre el borde de su plato, miró a Chanyeol, que estaba de pie junto a ella, y dijo:

–¡Ah, De Park! Hace siglos que le quería preguntar algo. Dígame, ¿no piensan ustedes volver a dar bailes de disfraces, en Manderley?

Torció la cabeza al hablar, dejando ver al mismo tiempo dos prominentes incisivos, en un gesto que quiso ser una sonrisa. Bajé la cabeza y simulé estar bebiendo una taza de té con entusiasmo escondiéndome al mismo tiempo detrásdel formidable cubreteteras.
Tardó Chanyeol unos segundos en contestar, y cuando lo hizo sonó su voz tranquila y normal.

–No he pensado en ello, y creo que nadie lo ha hecho.

–¡No diga! Le aseguro que todos hemos pensado en ello –replicó lady YangZi–.
Para todos los que vivimos en los alrededores era el acontecimiento más importante del verano. Usted no tiene idea de lo que nos dívertíamos. ¿No hay manera de convencerle de que piense en el asunto?

–No sé –dijo Chanyeol secantente–. Era muy complicado de organizar. Más vale que se lo pida usted a Sehun, que tendría que hacerlo.

–¡Oh, Sehun! Póngase de nuestra parte –persistió, y consiguió que una o dos
personas más le hicieran coro– Sería algo que todo el mundo celebraría, porque ha de saber usted que todos echamos de menos la alegría que antes reinaba en Manderley.

Oí que Sehun decía, junto a mí, con su voz siempre moderada:

–A mí no me importaría organizar el baile sí Chanyeol no se opone a que se celebre.
Eso tiene que decídirlo Chanyeol... y el señor de la casa.

Naturalmente, hube de soportar un bombardeo. Lady YangZi movía la silla para poder verme, a pesar de la pantalla del cubreteteras.

–¡Ande usted! ¡Convenza a su marido! Usted es el único al que hará caso. Debería dar el baile en su honor, para celebrar la boda.

–¡Completamente conforme! –dijo alguien, un hombre, creo–. Ya nos birlaron ustedes la boda. Sería el colmo quitarnos ahora el baile. ¡Los que voten en favor del baile de trajes de Manderley, que alcen la mano! ¿Los ve usted, De Park? ¡Aprobado, por unanimidad!

Sonaron risas y aplausos, Chanyeol encendió un cigarrillo, y sus ojos se encontraron con los míos por encima de la tetera.

–¿Qué te parece? –preguntó.

–¡No sé...! –dije, vacilante–. Me es igual.

–¡Pues claro que está deseando que se celebre el baile en su honor! –dijo lady YangZi con su acostumbrada efusión–. ¿A quien no le gustaría? Y estaría usted monísimo, vestido de pastorcillo, como una porcelana de Dresde, con todo el pelo recogido bajo un gran sombrero de tres picos.

Pensé en mis bastas manos, en mis pies y en mis hombros caídos. ¡Valiente
pastorcillo y valiente figurita de Dresde haría yo! La pobre señora era tonta. No me sorprendió que nadie apoyara su idea y una vez más hube de agradecer a Sehun que cambiara de conversación.

–La verdad es, Chanyeol, que el otro día no sé quién fue el que me habló de esto.
Me dijo que si no se iba a celebrar alguna fiesta en honor del novio y que ojalá te decidieras a dar el baile otra vez. Para ellos era una fiesta única.
Ya sé quién fue: fue Xiao, el arrendatario de la alquería. –Y luego, volviéndose hacia lady YangZi, añadió–: La gente de estos contornos es muy afícionada a toda clase de fiestas.
Yo le respondí que no sabía nada, porque tú no me habías dicho lo que pensabas

–¿Lo ve usted? –dijo lady YangZi, dirigiéndose en general a todos los que estábamos en el salón–. ¿No lo he dicho yo? Hasta sus propios arrendatarios le están pidiendo que dé el baile. Si nosotros no le importamos estoy segura de que desea complacer a los de su propia casa.

Chanyeol continuaba mirándome por encima de la tetera, con expresión de duda.
Se me ocurrió entonces que acaso oensara en que yo no era capaz de hacer frente a las complicaciones del baile; que con mi timidez, que él conocía tan bien, no haría un papel demasiado brillante. No quise que creyese que no podía contar conmigo.

–Yo creo que resultaría divertido –dije.

Chanyeol volvió la cabeza y se encogió de hombros.

–Pues entonces no hay más que hablar –dijo–. Ya lo sabes, Sehun: tendrás que empezar a prepararlo todo. Más vale que te ayude la señora Hyeyoung. Ella recordará cómo se hizo la última vez.

–¿Aún conservan ustedes esa maravilla de señora Hyeyoung? –preguntó lady YangZi.

–Sí; ¿quiere usted un pastel? ¡Ah! ¿Ya han terminado? Vámonos entonces todos al jardín –dijo Chanyeol.

Salimos, poco a poco, a la terraza, hablando del baile y de la fecha en que podría celebrarse, hasta que al fin, con gran satisfacción mía, los que habían ido en automóvil decidieron que había llegado la hora de marcharse, lo que hicieron, llevándose también a los que habían acudído a pie. Volví a la sala y me serví otra taza de té, que me supo riquísimo. Ya se me habían quitado de encima los deberes de la casa. Sehun se reunió conmigo y entre los dos terminamos con los bollitos calientes, como si fuéramos dos conspiradores.

Chanyeol estaba fuera, jugando con Kasper, tirando palos para que éste los cogiese.
Se me ocurrió pensar si en todas las casas se notaba aquella sensación de alivio exuberante cuando se marchaban las visitas. No nos referimos durante algún tiempo al baile; pero cuando terminé la taza de té y me hube limpiado con el pañuelo los dedos, pringosos, le dije a Sehun:

–¿Qué le parece, de verdad, lo del baile de trajes?

Dudó medio mirando por la ventana hacia el sitio donde estaba Chanyeol y luego respondió:

–No sé... Yo diría que a Chanyeol no le ha parecido mal. Aceptó la idea con buena cara.

–¿Qué otro remedio le quedaba?

–¡Qué pesada se pone lady YangZi! ¿Cree usted que es verdad que la gente de por aquí no hace sino pensar en el baile de trajes de Manderley?

–Creo que todos se alegrarían de que se diera una fiesta. Aquí nos gustan las cosas tradicionales. Y, francamente, no creo que a lady YangZi le falte razón para decir que se debería celebrar una fiesta en honor de usted. Al fin y al cabo, es costumbre festejar al desposado.

¡Qué ridículo y pomposo sonaba aquello! ¿Por qué no podía Sehun olvidar alguna vez su exquisita corrección?

–¿Desposado yo? No se celebró mi boda como es correcto: ni azahar, ni traje blanco, ni damas de honor...

Tras la sombra [Chanbaek]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora