XII parte 1

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No veía mucho a la señora Hyeyoung, siempre afanada en sus quehaceres.
Continuaba llevando la casa, me telefoneaba a diario al gabinete, y me mandaba, sin falta, las minutas para que aprobara. Pero a esto se reducían nuestras relaciones.

Había ella tomado para mi servicio particular una doncella, Wendy de nombre, hija de alguien de la finca, una muchacha agradable, bien educada, que afortunadamente, no había servido antes y no tenía, por ello, ideas alarmantes acerca de lo que estaba bien y mal. Creo que de toda la casa era la única que me respetaba verdaderamente. Para ella yo era «El amo Byun».

Los posibles comadreos de los demás criados no la afectaban. Había estado alejada de Manderley algún tiempo, pues la había educado una tía suya que vivía a veinticinco kilómetros de
distancia, y en cierto modo era tan nueva en Manderley como yo. Con ella me encontraba a gusto. No me importaba decirle:

–Wendy, ¿quieres hacer el favor de coserme este abrigo?

La otra, Soojin, la criada, era mucho más exigente. Prefería yo sacar a escondidas mis combinaciones y camisones del cajón donde los guardaba, y coserlos yo mismo, a dárselos a ella para que lo hiciese. Una vez la vi con una de mis combinaciones sobre el brazo, examinando la sencilla tela y la humilde puntilla. Nunca olvidaré su
cara. Estaba casi escandalizada como si aquella pobreza fuera un insulto a su
orgullo. Nunca se me había ocurrido ponerme a pensar en mi ropa interior. Mientras estuviera limpia y bien arreglada creía que la calidad de telas y encajes no tenía importancia. Los donceles al casarse, a juzgar por lo que yo había leído, se compraban complicados equipos, con docenas y más docenas de cada cosa, pero yo no había ni pensado en ello. La cara de soojin me sirvió de lección.

Escribí a toda prisa a una tienda de Londres pidiendo un catálogo de ropa interior. Para cuando acabé de elegir, Soojin ya no estaba a mi servicio, por haberla sustituido Wendy. Me pareció que no valía la pena comprar ropa nueva en honor de Wendy; metí los
catálogos en un cajón y no llegué a escribir a la tienda.
Pensé algunas veces si Soojin se lo había dicho a los demás, y si se comentaría mi ropa interior entre las criadas como asunto algo delicado, del que se hablaría a media voz cuando no hubiera hombres escuchando. Porque Soojin era persona demasiado seria para hablar del asunto en broma. Jamás podría ella aludir a tal cosa jocosamente durante una conversación con Jongdae.

No, mi ropa interior era un asunto demasiado serio. Algo así como un caso de divorcio cuya vista se celebra a puerta cerrada... De todos modos me alegró la situación. Wendy no sabía distinguir un encaje legítimo de su imitación. Fue un rasgo amable de la señora Hyeyoung el tomarla. Supongo que pensaría que éramos tal para cual. Ahora que ya sabía los verdaderos motivos de la enemistad de la señora Hyeyoung, la situación se hacía más llevadera. Sabía que no me odiaba
personalmente, sino que le dolía lo que yo representaba.

Su actitud hubiera sido idéntica con cualquiera que ocupase el lugar de Ryujin. Al menos, así deduje de lo que Yoora me había dicho el día que estuvo a comer.

–¿No lo sabías? –dijo–. Adoraba a Ryujin.

Esas palabras, en un principio, me habían sorprendido. No sé por qué, pero no las esperaba. Pero cuando pensé en ellas, comencé a perder el miedo a la señora Hyeyoung. Empecé a sentir lástima de ella. Me imaginaba lo que debía sufrir. Le dolería cada vez que me oyese llamar «El señor De Park». Cuando a diario me llamaba por teléfono estaría pensando en otra voz al oírme contestar: «Dígame, señora Hyeyoung». Cuando recorriera las habitaciones y encontrase algo que indicase mi paso por allí, acaso una boina sobre una silla, un abrigo, pensaría en otra persona que antes había hecho lo mismo que yo. Yo, que ni siquiera había conocido a Ryujin. La señora Hyeyoung, por el contrario, conocía hasta su voz y sus pasos.

Tras la sombra [Chanbaek]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora