Llegamos a Manderley a principios de mayo, con las primeras golondrinas y las primeras campánulas como dijo Chanyeol. Sería la mejor época, antes del rigor del verano; en el valle, las azaleas prodígan en esa época su fragancia y los rododendros dan sus flores, rojas como la sangre.
Fuimos en automóvil, desde Londres, de donde salimos por la mañana temprano en medio de un chaparrón, y llegamos a Manderley a las cinco, todavía a tiempo de tomar el té.
Aún hoy parece que me estoy viendo, mal vestido, como de costumbre, aunque ya llevábamos siete semanas de casados, con un traje de punto; al cuello una pequeña piel de imitación de marta y encima, un impermeable demasiado grande, que me llegaba hasta los tobillos. Lo llevaba, en parte, por el mal tiempo, y, en parte, porque me hacía parecer algo más alto. En la mano llevaba un par de guantes de manopla y un enorme bolso de piel.
–Esta es la lluvia de Londres –dijo Chanyeol–; pero ya verás como cuando lleguemos a Manderley estará brillando el sol en tu honor.
Y tenía razón, pues al llegar a Exeter desaparecieron las nubes, quedando
amontonadas detrás de nosotros, dejando un cielo azul y delante la blanca carretera.
Me gustó ver el sol, porque, algo supersticiosa, me parecía la lluvia un mal augurio, y el cielo plomizo de Londres me había entristecido.
–¿Te encuentras mejor? –dijo Chanyeol.
Yo le sonreí y le cogí una mano, pensando lo fácil que resultaba todo para él, volver a su casa, entrar en el hall, coger el correo, llamar al timbre para que le sirvíeran el té; pero me pregunté sí se daba cuenta de lo nervioso que estaba yo y si su pregunta «¿Te encuentras mejor?», indicaba que lo comprendía.
–Tranquilízate –dijo–; pronto llegaremos. Estarás deseando tomar una taza de té. –Y me soltó la mano, porque venía una curva y tuvo que frenar.
Comprendí que había creído que si yo callaba era por cansancio, y no se le había ocurrido pensar que tuviera miedo al llegar a Manderley, a pesar de haberlo deseado tanto. Pero ya que había llegado el momento, hubiera querido retrasarlo.
Hubiera preferido parar en cualquier hotel del camino y haber entrado en él, para calentarnos junto a una chimenea anónima. Hubiera querido ser un viajero cualquiera, una recién casado enamorado de su marido; pero no, era el hombre de Chanyeol de Park, y llegaba a Manderley por primera vez. Pasamos muchos simpáticos pueblecitos, donde las ventanas de las casas tenían un aspecto amable.
Una mujer con un niño en brazos me sonrió al pasar, mientras un hombre cruzaba la carretera hacia el pozo, con un cubo en la mano.
Hubiera querido que nosotros fuéramos como ellos, acaso sus vecinos, y que Chanyeol, por las noches, se recostase contra la puerta de nuestra casa, fumando una pipa, orgulloso de que había crecido la enredadera plantada por él y, mientras tanto, yo estaría muy atareado en la cocina, que tendría limpia como una patena, poniendo la mesa para cenar.
Encima del aparador habría un despertador de estrepitoso tictac y una fila de platos relucíentes. Después de la cena, Chanyeol leería el periódico, con los pies arrimados a la lumbre, y yo sacaría el montón de ropa por doblar que había guardado en un cajón. ¡Qué modo de vivir tan sosegado y apacible, tan sencillo, tan fácil, libre de exigencias sociales!
–Sólo faltan tres kilómetros –dijo Chanyeol– ¿Ves aquella mancha de árboles sobre la ceja del cerro y el mar al fondo? Aquello es Manderley. Y aquél, el bosque.
Traté de sonreír y no le contesté, sintiéndome aterrado, con un malestar
imposible de dominar. Mi alegre expectación, mi orgullo de felicidad, habían desaparecido. Me sentía como el niño que se acerca a su primer colegio, o como una criadita palurda que va a ofrecerse por primera vez. El dominio que había adquirido sobre mí mismo durante las siete semanas de matrimonio era ya un guiñapo ondulando al viento.
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Tras la sombra [Chanbaek]
FanfictionBaekhyun con un marido al que apenas conoce, el joven esposo llega a este inmenso predio para ser inexorablemente ahogado por la fantasmal presencia de la primera señora de Park la hermosa Ryujin, muerta pero nunca olvidada. Su habitación permanece...
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