Éramos niños, salvajes e inmaduros, gritando palabras y disparando hacia el viento. Ambos sumidos en el océano de culpa, y ninguno sobrevivió a causa de la sangre en los cauces de los ríos.
No soy un instante, no quiero la fiesta ni el fuego en mi cuerpo. No quiero que manos y fantasmas me transiten solo por el afan de un momento. Y rompí el código, le amaba en la diversión y mucho más en el desastre, porque el amor ciega y te somete a su criterio.
¿Y a quién le mentiría si dijera que le odio? Porque mantengo el engaño para que lo sepa el futuro. El abismo es mío y el salvajismo del llanto, porque estoy adicto e incurable.
Con todos los cristales en el suelo, ¿para qué correr por redención? No puedo llamar culpable a quien me ha regalado la culpa.
Será la víctima, será la víctima, con mi sangre en sus manos; diré que solo nos bombardearon. Y agradezco a la pólvora en su mente y a la llama en mis palabras, yo encendí la mecha y dejé que ardiera.
Y cuando la verdad se asiente, ya mi fuego habrá acabado y un incendio forestal empezado, allí seré el fuego para no quemarme, y el océano para no mojarme. Pero ahora soy solo un poeta.
Soy imprudente como un niño llorando hasta obtenerlo todo. Seré imprudente hasta tener la calma.
Morimos, ya pronto seremos polvo.
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Cuatro letras mortíferas
PoetryNo muchas personas creen en fantasma, pero yo soy un ferviente creyente. Sus ojos, las sombras de sus manos aún en mi cuerpo, incluso su nombre, allí está mi fantasma. Tengo miles de fantasmas que emergen del pasado, pero nunca alguno había suje...
