Capítulo 15

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—Tú también deberías dormir desnudo. Dicen que es sano en muchos aspectos, lo he escuchado.

Tobias asintió, distraído. Volvió a tomar asiento en su cama y lo observó mientras se quitaba la camisa. Sin embargo, tomó con velocidad su celular y tecleó con sus dedos la pantalla, fingiendo utilizarlo para distraer su vista de Ellington cuando comenzó a quitarse también el pantalón.

—No te hagas el tonto —lo regañó en cuanto se quedó en boxers solamente—. Sé perfectamente que no estás usando esa mierda. —Le arrebató el dispositivo y lo metió en el cajón de la mesita de noche—. No lo necesitarás esta noche. No cuando estoy yo contigo.

Tobias siguió con sus esmeraldas los movimientos de su jefe y luego las pasó a sus ojos, con un toque de inocencia brillando en su cara.

—¿No puedo usarlo cuando estoy contigo?

Pero su pregunta no fue resuelta. Ellington le sonrió falsamente con los labios juntos y rodeó la cama. Tomó las mantas que cubrían el colchón y la destendió para meterse debajo de ellas. Palmeó el lugar a su lado, invitando a Tobias a acostarse también.

Oh, claro. Invitate a ti mismo a dormir en mi habitación y adueñate de mi cama. Al fin y al cabo no hay una Sara moliéndome los sesos justo ahora.

Se metió bajo las mantas, al lado del castaño. Recostó su cabeza sobre la almohada, pero entonces el presidente estiró su brazo, invitándolo, coquetamente, a acercarse un poco más.

Las últimas noches William había comenzado a ser más consciente de que Tobias era un humano con sentimientos y de que no le gustaba sentirse insignificante. Así que, al menos a la hora de dormir, trataba de ser más sensato, a pesar de que por dentro le parecía una cursilería estúpida e innecesaria. Si Tobias se sentía cómodo, entonces él también se sentía así.

Se acercó con precaución. El presidente lucía serio e inestable, cómo siempre, y no supo si estaba irritado o más bien cansado. Se pensó un poco las cosas antes de terminar recostando la cabeza en el pecho ajeno. Sin embargo, en cuanto lo hizo y sintió el calor emanando de la piel de su nueva almohada, sus músculos se relajaron en un dos por tres.

—¿Qué te pasa? —exigió saber el ojiazul en un murmullo.

No respondió. Miró un punto en la pared frente a él.

—¿No me escuchaste? —insistió, dándole un empujón en el hombro con su mano—. Maldito sordo, te estoy haciendo una maldita pregunta. —Aunque hablaba en serio, su voz sonó tenue.

Tragó saliva.

—La escuché.

—¿Y porqué demonios no la has respondido? ¿Acaso no te enseñaron que tienes que responder las preguntas en cuanto te las hacen? ¿No sabes que es descortés no hacerlo?

Asintió, dándole la razón a pesar de que Ellington no siempre respondía las preguntas que él hacía.

—Lo siento.

Realmente estaba hundido en sus pensamientos. Sara seguía presente, dándole martillazos en la cabeza.

—¿Entonces qué te sucede, Winston? inquirió antes de suspirar, dejando que sus músculos se relajaran.

Tomó el valor para hablar, sabiendo con todo su ser que terminaría arrepintiéndose. Levantó la cabeza, en busca de los ojos ajenos.

—No tengo derecho de ponerme celoso. ¿Cierto?

Ellington arrugó el entrecejo.

—¿Celoso?

Asintió. No se movió de su lugar.

El Hotel AlecHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora