Capítulo 19

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—Te engañó y llevó su plan inicial a cabo —comprendió Tobias, mirando a William con el dolor innegable en su rostro.

Ellington inhaló y exhaló con fuerza.

—Su plan era "donar" mi esperma y que cuando alguna mujer lo tomara y se embarazara con él, se nos notificaría... Y ella sería la "indicada" —hizo comillas con sus dedos—. Le daría indicaciones especiales al laboratorio para darle ese esperma solamente a alguna soltera. Ninguna mujer casada o con pareja. Soltera—. Hizo tronar los huesos de sus manos y negó varias veces con la cabeza—. Él había organizado un maldito juego, algo así como una rifa ¡En el cual yo era el puto premio! —se tocó el pecho y sopesó sus palabras—. O mejor dicho, ella sería el premio para mí, para mi equipo y para mi pueblo porque así los rumores sobre mí y mi homosexualidad se reducirían.

Tobias tragó saliva. Por un momento creyó que lo que Ellington decía era para justificarse, mentir y que él cayera nuevamente en su trampa. Pero las reacciones y su manera de actuar le decían lo contrario. Además, ¿por qué habría de justificarse y mentir, si a fin de cuentas no le debía ninguna explicación?

—Sara es la mujer soltera que se ganó tu esperma —declaró, metiendo sus manos en los bolsillos de la chamarra que traía puesta.

William inhaló y negó. De pronto comenzó a hacer movimientos con sus manos, a rascarse la cabeza y a darse a sí mismo uno que otro pellizco de manera discreta. Tobias notó que estaba frustrado porque su rostro reflejaba exactamente los mismos gestos que hacía cada vez que se volvía histérico... Pero, por alguna razón, se controlaba, y aún así su empleado creyó que se volvería loco en ese mismo momento.

—Sara es la zorra contratada por Carson y por el resto de mi equipo para llevar a cabo el plan B —dijo con voz ronca.

—¿Plan B?

—Sí, fear óg [muchacho]. Eso dije.

—¿Cuál era su plan B? —cuestionó.

Ellington se puso de pie, rascó su barbilla otra vez y de pronto lucía acalorado, a pesar de que el clima en realidad era más bien fresco sin llegar a ser frío y tampoco caluroso. Tomaba tiempo para poder recordar una vez más.

Esa tarde William leía el periódico tranquilamente en su oficina. Tenía pendientes y trabajo por hacer, pero también tenía derecho a un descanso de vez en cuando y precisamente era la hora del mismo. Sus piernas estaban estiradas sobre su escritorio y ocasionalmente se humedecía la yema de su dedo índice derecho para cambiar la página del periódico.

De pronto escuchó dos golpes en la madera de la puerta. Su mirada no pasó a nada que no fueran las letras del periódico y tampoco se desconcentró de lo que estaba haciendo.

Adelante ordenó con voz aburrida y su vista puesta en la imagen de la noticia de un accidente automovilístico que ciertamente fue aparatoso, en la esquina de una iglesia.

La puerta se abrió y entonces se vio obligado a quitar su vista del periódico cuando escuchó el sonido de unos tacones caminando en su dirección. Carson había entrado a la oficina, seguido de una mujer rubia, alta y curvilínea. Ella vestía unos jeans gastados y una camisa de botones color lila. Sus escandalosos tacones, culpables de su distracción, eran blancos. Fuera de su vestimenta, William no le puso demasiada atención a cómo lucía su rostro ni otros de sus rasgos físicos.

Buenas tardes, señor presidente saludó Carson, con una sonrisa traviesa, mientras caminaba hasta su escritorio y se paraba frente a él.

Se vio obligado a doblar su periódico, dejarlo descuidadamente sobre su escritorio y bajar las piernas de la elegante y bien cuidada madera.

Carson lo mencionó a manera de saludo. Giró hacia la mujer e hizo un asentimiento de cabeza—. Quien quiera que seas saludó.

El Hotel AlecHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora