Capítulo 31

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—¿Me puede repetir la dirección, Señor? —preguntó Siobhan, con su celular en mano para buscar la dirección en el GPS y poder llegar, ya que no conocía Inglaterra y tampoco quería perderse.

Tobias entreabrió la boca para responder porque supuso que William no conocería la dirección de su casa, pero claramente estaba equivocado porque antes de que él pudiera pronunciar sonido alguno, el presidente dijo la dirección de su casa, con todo y el código postal. A veces le asustaba que su nuevo novio supiera tantas cosas sobre él sin antes habérselas preguntado.

Durante el camino guardaron silencio, cosa que no fue inconveniente para Siobhan, que era capaz de mantenerse así durante horas, ni para Ellington que estaba acostumbrado a planear sus próximas estrategias, y tampoco lo fue para Tobias, que estaba tan nervioso con lo que estaba sucediendo que en más de una ocasión se arrepintió de abrir la boca y de haber confesado cómo se sentía con respecto a las palabras que la noche anterior William le había dicho como si se trataran de un poema romántico. Sin embargo, Donovan, que no estaba tan acostumbrado al silencio porque de lo contrario sentía que había tensión en el lugar, sí parecía algo incómodo, así que de vez en cuando hacía preguntas a su jefe, como: ¿Desea que lo acompañemos al interior de la casa? ¿McMahon y yo debemos quedarnos en el auto o entrar con ustedes? ¿Hay algún asunto que necesite que resolvamos mientras tanto?

El plan de Ellington era que ambos entraran con ellos a la casa de Hanna por si se llegaba a necesitar ya que a pesar de estar haciendo el intento por ser cuidadosos, cabía la posibilidad de que ya alguien lo hubiera reconocido... O eso era lo que le decía su no-constante delirio de persecusión. Además Hanna, ante la reacción que le podría provocar la noticia, era capaz de llamar a las autoridades y dar aviso de su paradero. Si a ella le incomodaba la presencia de los guardaespaldas en su casa tendrían que salir, pero de lo contrario esperarían dentro en lo que sucedía lo que tuviera que suceder.

Así que al llegar a la casa de Hanna, Siobhan estacionó el auto afuera, detrás del auto que pertenecía a ella. Tobias vio vacilante a su nuevo novio, quien viajaba en el asiento trasero junto con él. William, sin expresión alguna en el rostro, alzó ambas cejas.

—Ve a revisar que tu madre no tenga invitados. Si lo deseas, puedes darle un adelanto de lo que ocurre, pero vuelve para decirnos si podemos entrar.

Tragó saliva, asintió suavemente y echó un vistazo a los otros dos hombres, que lo miraron a través del espejo retrovisor.

—Ya vuelvo. —Abrió la puerta del auto y bajó de él, cerrando después. Volvió a mirar al presidente, girando su cabeza sobre su hombro, antes de llenar sus pulmones con aire fresco y seguir caminando.

Una vez frente a la puerta principal del hogar, giró la manija con más precaución de la que solía usar siempre, y asomó la cabeza para ver si veía a su madre cerca. Sin embargo ella no estaba a la vista, así que entró por completo a la casa y cerró la puerta detrás de él.

—¿Eres tú, Tobias? —se escuchó la voz de Hanna, proviniendo de la cocina-comedor, al fondo.

Caminó por los escasos metros del recibidor, optando por dirigirse a la izquierda, pasando en primer lugar por la sala, ya que la cocina estaba conectada a ella. Cuando estuvo en la entrada del espacio en el que estaba su madre, se aclaró la garganta para hablar.

—Sí, soy yo.

Ella se encontraba sentada en una silla frente a la mesa. Sobre el mueble había un plato con un huevo cocido, arroz y verduras, una taza de café y un libro abierto. Al ver la cara de preocupación y la ausencia del color en la piel de su hijo, entró en alerta y de inmediato centró su atención en las copias exactas de sus propios ojos.

El Hotel AlecHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora