Capítulo 26

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Cuando llegó a su propio hogar, sin antes haber anunciado nada, se encontró a su madre en la sala, viendo un documental sobre pirámides egipcias. El instinto maternal la obligó a levantarse del sofá y correr para abrazarlo mientras le preguntaba con urgencia la razón de su regreso precipitado. Luego, cuando él le explicó vagamente la razón, más inventada que real, ella le ofreció una taza de té y le suplicó que se sentara en el sofá mientras iba a prepararlo. Media hora después ya había llamado a Lucas y él ya se encontraba sentado en uno de los sillones de la sala, bebiendo té al igual que los Winston.

Claro y por supuesto que luego de la explicación que les había dado, su madre y Lucas lo habían reprendido por haber abandonado su empleo antes de que el contrato terminara. Y también le dijeron que no entendían la razón por la que lo hizo. Pero al final de los sermones y el cuestionamiento al que lo sometieron, terminaron abrazándolo y diciéndole que estarían con él para ayudarlo y apoyarlo en lo que sea que decidiera hacer de su vida.

Luego de aquellos sermones y de que su mejor amigo se fue, él se encerró en su habitación durante una semana entera para llorar por todo lo que había dejado atrás, en Irlanda. Entró en una clase de depresión, de la cual ni Hanna, ni Lucas, ni la amiga de su madre: Kenia, ni cualquiera de sus pocos amigos británicos pudieron rescatarlo. Estuvo todo ese tiempo recostado en su cama, mirando puntos al azar sin mirarlos realmente y con su mente la mitad del tiempo ocupada por una lluvia ruda de recuerdos y la otra mitad manteniéndose en blanco totalmente, sin opinión alguna ni respuesta a lo que su deprimido subconsciente le recordaba.

Había decidido salir de la habitación luego de dicha semana transcurrida, pero el salir de ella no le quitó la depresión por completo y el clima húmedo y nublado de Inglaterra no fue de mucha ayuda. Tampoco lo hacía el silencio de su casa y las pocas personas que veía a su alrededor luego de acostumbrarse, durante meses, a ver cientos de humanos a diario.

Lloraba, se quedaba en silencio, dormía y evitaba comer pero de su cama no se levantaba si no era para ir al baño o ducharse, cosa que no hacía diario pero que cuando lo hacía, tardaba tiempo en salir. Hanna tuvo que entrar al baño en más de una ocasión para asegurarse de que no se hubiera suicidado o escapado por la ventana, que si bien no era grande, tampoco era tan pequeña y su hijo, ahora más delgado que de costumbre, seguramente lograría caber a través de ella si así se lo proponía.

Su celular no lo tocó durante un muy buen tiempo, así que tampoco se comunicó con ninguna de las personas que había dejado en Irlanda. De hecho, el dispositivo terminó descargándose con el pasar de los días.

Pasada un poco más de una semana extra, un día simplemente decidió ducharse, vestirse e ir a la sala. Se sentó en el sillón y se quedó mirando fijamente la televisión a pesar de que estaba apagada. Ya no lloraba ni estaba tan deprimido como antes había estado, pero sus manos se mantenían hechas puños débiles y sus uñas ya habían provocado heridas en sus palmas debido a la fuerza implementada con inconsciencia de vez en cuando.

—¿Cómo te sientes, Toby? —escuchó de repente a su madre, quien lo había estado buscando por la planta alta evitando con todas sus fuerzas alarmarse al no encontrarlo en ninguna de las habitaciones. Lucía tranquila y cuerda, pero en realidad se había estado asomando por las ventanas de las habitaciones para ver que el cadáver de su hijo no yaciera en el suelo de la calle. Llegó a temer que él se hubiera suicidado de un salto. Tomó asiento a su lado y ocultó, a la perfección, el temor que había sentido segundos antes de encontrarlo.

—Bien —respondió sin mirarla, pasado un minuto desde que ella había hecho la pregunta.

Y se quedaron en silencio por varios minutos, que para Hanna fueron eternos pero para él fueron apenas unos segundos, segundos que pasó mordiéndose el labio inferior y restregando sus uñas contra la piel de sus manos. Hasta que, cuando ella tuvo la idea, llegó la hora de preparar algo para comer y le pidió a su hijo que la ayudara para distraerlo un poco y evitar que volviera a encerrarse.

El Hotel AlecHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora