Tres encapuchados vestidos con túnicas rojas avanzaron sigilosos y veloces por el pasillo central de la sala sin trono del santuario de Nimrael. Ahí estaba el profeta Nimrood y sus cinco cazadores de almas, todos tan corruptos que parecían verdaderos monstruos. Ciertamente, la mayoría de ellos ya lucían como monstruosos desde antes, sobre todo Dagón, Asterio y Kemosh, pero ahora no solo tenían ese aspecto bestial, sino que además mantenían una actitud de lo más perversa y enloquecida, cual bestias hambrientas y furiosas.
Todos en la hermandad de Caín sospechaban que los cinco habían sido poseídos finalmente por sus demonios internos y los tres sacerdotes rojos casi estaban seguros de ello, a pesar de que Nimrood lo negara y a pesar de que hubiera jurado en el pasado, que aquello jamás ocurriría.
— Señor — habló el sacerdote rojo que iba al frente de la formación de punta de flecha —. Le traemos noticias del frente de batalla.
— Habla — le respondió Nimrood sin realmente mostrar interés.
— Los magiares retrocedieron cuando se dieron cuenta de la llegada de nuestro segundo ejército. Los alcanzamos cerca del río y les provocamos muchas bajas, tanto que pensamos que la victoria estaba en asegurada. Pero entonces...
El sacerdote rojo se detuvo y tomó aire y valor. Nimrood lo alentó a continuar.
— ¿Pero entonces qué? ¿Qué fue lo que sucedió?
El sacerdote prosiguió entonces pero con voz cargada de furia.
— Un ejército enviado por el Sacro Imperio nos atacó viniendo desde las montañas. Contaban con caballería y arqueros y aprovecharon la niebla que el mago Mandrathi tendió sobre el campo de batalla. Nos tomaron por sorpresa y arrasaron a los batallones de vanguardia.
— Así que el sacro imperio por fin ha hecho su movimiento. Como buen ave de rapiña, se esperó a que los magiares lanzaran el primer ataque.
— Mi señor — habló otro de los sacerdotes rojos —. La existencia del santuario ha sido revelada al mundo y el secreto de la hermandad de Caín está comprometido. Este doble ejército al que nos enfrentamos nos supera en número en dos a uno y conoce a la perfección nuestra estrategia. La traidora Némesis debió revelar todos nuestros secretos al imperio cristiano y ahora estamos expuestos y vulnerables. Necesitamos irnos de aquí. Hacer colapsar los pilares del santuario para sepultar la prisión de los infieles y luego largarnos al oriente.
— Nadie se irá hasta que yo lo ordene — aseveró Nimrood —. Reagrupe a los soldados y defiendan la muralla. Necesitamos mantenernos firmes hasta el anochecer.
El último de los sacerdotes habló entonces con voz mucho más firme y sonora que los otros dos.
— Lo siento, no podemos acatar esa orden. La prioridad de la hermandad es mantener el anonimato, así ha sido desde hace miles de años y así seguirá siendo. Nosotros abandonaremos la batalla y Nimrood deberá hacer colapsar los pilares del santuario. Para eso fueron construidos, para prever un momento como este.
Nimrood se extrañó con aquella negativa pero no pareció enfurecerse. Solo miró a Kemosh sentado en una gran silla de madera (igual que los demás cazadores), a él se dirigió con algo de parsimonia.
— Kemosh, los sacerdotes tienen un buen argumento ¿No lo crees? ¿Debemos escucharlos?
El rey de los Assasiyin pareció entender un mensaje que el profeta le envió y enseguida se puso de pie. El descomunal rey caminó hacia los sacerdotes y sus pasos resonaron fuertes en las baldosas. Su sombra los cubrió y ellos se encogieron un poco al ver que su tamaño parecía ser directamente proporcional a su locura.
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El Imperio sagrado III: Los malditos
ФэнтезиTERCER LIBRO (ULTIMO DE TRES) Antes de llegar al final del primer milenio después de Cristo, existió un imperio surgido del esplendor del oscurantismo que se proclamó defensor del cristianismo y en nombre Dios cometió todo tipo de atrocidades en co...