Después de que Haydee los abandonó, los dos héroes subieron a los caballos que encontraron entre los muertos y cabalgaron tan rápido como pudieron hasta llegar a las faldas de los Alpes. Poco más de trescientos kilómetros en línea recta les separaban de München pero también una altísima cordillera helada llena de picos y acantilados que en aquellos tiempos pocos lograban atravesar. Los Alpes era una barrera natural poco explorada en el siglo nueve y decenas de leyendas se contaban sobre ellos.
Con la paciencia que los caracterizaba a ambos, los héroes cabalgaron hasta un pueblo llamado Paratico, y rodearon el lago Iseo para adentrarse de lleno en las tierras altas del Sacro Imperio del este. Siguieron la senda hasta Cusiano, Cis y lograron la hazaña de llegar a Cermes. Todo esto en cosa de cinco días. Pero aún faltaba la parte más difícil y ellos lo sabían. Descansaron y recuperaron fuerzas en un monasterio enclavado en medio de las montañas y en dos días retomaron el camino.
San Leonardo les ofreció asilo y posteriormente Corvara. Estos eran los últimos dos pueblos de la ruta de las montañas y luego de eso, todo lo que quedaba eran las cumbres más alta de la zona y también las más heladas. Ambos sabían que cruzando aquellos picos, el camino hacia München se tornaría más amable y cuesta abajo y ello los llenaba de esperanzas.
Tomaron valor y subieron entre los actuales picos de Sonklarspitze y Botzer y ahí perdieron los caballos. Rendidos ante el cansancio y el frio extremo, las bestias no pudieron continuar y se quedaron en el camino para ser comida de predadores. A los héroes les dolió abandonar a los animales, pero no podían regresar a dejarlos en el pueblo y ya no sería posible avanzar con ellos. La nieve les impedía caminar y aunque Lance rezó las palabras en gaélico, no pudo usar magia para salvar a los caballos.
Aquella tarde los viajeros se sentaron a la sombra de unas rocas y ahí prendieron fuego para pasar la noche. Athan se mostraba aún vigoroso a pesar de la cruel jornada, pero Lance padecía cada vez más trabajos porque su salud estaba empeorando por cada metro que avanzaba.
Ahí, ante las llamas de la fogata y a más de tres mil metros de altura, Lance hizo una petición.
— Y bien... ¿Me contaras acerca de Leonor? — dijo el muchacho y la pregunta tomó por sorpresa a Athan. Aquel era un nombre que el griego no había pronunciado en años y la última vez que lo escuchó fue cuando el demonio Némesis lo escupió a modo de trampa para hacerlo sufrir.
— No es una buena historia. Es algo triste la verdad.
Pero Lance insistió.
— Dije una vez que no deseaba preguntarles a ti y a Nivia sobre sus antiguas heridas, pero estando las cosas como están, me gustaría saberlo. Cuéntame, heredé algo de sabiduría de Mislav y creo que puedo darte algún consejo. Pero antes necesito saber.
Athan arrugó el ceño y bajó la vista hasta depositarla entre las brasas de la fogata. Su rostro ya no lucia tan juvenil y su gama de expresiones se habían ido endureciendo con el tiempo. Eso era lo que preocupaba a Lance, ya que hasta su mirada se había vuelto sombría.
— Leonor no era la chica más linda de la península de Mani y sin embargo, era más linda que todas las demás — comenzó diciendo Athan y sonrió un poco al recordar —. Era devota cristiana de sentimientos nobles. Una mujer fuerte a pesar de ser tan frágil. Su cabello era largo y castaño, sus ojos cafés eran enormes. Ella tenía una de sus piernas más delgada que la otra. Su padre la amaba mucho, pero no siempre la había cuidado y por su descuido dejó que ella se enfermara de pequeña y su pierna jamás pudo sanar.
Lance comenzó a imaginarla y casi pudo verla en los pequeños prados que descansaban a las faldas de las montañas del Peloponeso. Athan continuó entonces luego de una pausa.
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El Imperio sagrado III: Los malditos
FantasyTERCER LIBRO (ULTIMO DE TRES) Antes de llegar al final del primer milenio después de Cristo, existió un imperio surgido del esplendor del oscurantismo que se proclamó defensor del cristianismo y en nombre Dios cometió todo tipo de atrocidades en co...