Lieja, Sacro Imperio Central, hoy Bélgica. Marzo 873
Una comitiva de treinta hombres desembarcó en balsas en la costa del Sacro Imperio y rápidamente se organizó para cargar y escoltar varios baúles que transportaron hacia el fuerte de guerra de Lieja, ubicado en la frontera con Normandía. Los líderes de aquel grupo eran Athan, Nivia y el joven Lance, quienes habían emprendido un viaje desde Irlanda, unos diez días atrás, y habían cruzado el canal de la mancha en un barco sajón y sin contratiempos.
Habían tenido suerte hasta ahora, ya que aquellas aguas estaban asediadas por Drakkars vikingos y sin embargo, sabían que la peor parte de su viaje aún no había llegado. Algo realmente peligroso los estaría esperando en el monte de Cumas, si es que habían acertado en sus predicciones, y eso sin contar los ominosos hombres que los estaban esperando en el Sacro Imperio. Hombres como el marqués Césaro o el cardenal Brannagah, cuyos métodos sanguinarios ya habían conocido desde un par de años atrás.
Volver a ver al cardenal no le causaba alegría en absoluto al joven Lance pues lo consideraba cruel y déspota, lamentablemente era necesario buscarlo para continuar con sus planes de expedición a los estados papales, así que sin más opción, decidieron visitar Lieja para pactar alguna alianza con Roma y con el sacro imperio, que para esos tiempos era lo mismo.
Para su sorpresa, cuando se acercaron al sitio se encontraron nuevamente con un escenario de guerra esta vez entre vikingos y francos. Desde una zona boscosa lejana, pudieron ver las columnas de humo y la marea de guerreros asediando al fuerte del marqués Césaro, imposible acercarse sin ser vistos y seguramente más complicado aún, salir de ahí para seguir su camino hacia los estados papales.
Los tres líderes de aquel pequeño ejército, se reunieron en lo alto de una colina desde la cual se abría una ventana al valle donde estaba ubicado el fuerte. Desde ese lugar se podían ver las tiendas vikingas apostadas en el perímetro y la humeante muralla severamente lastimada por el asedio. El escenario en verdad no era alentador, pero eso a Lance no parecía costarle un solo gramo de ánimo y esperanza.
— Y bien, niño milagroso — dijo Athan refiriéndose a Lance y sin apartar sus ojos de las hordas vikingas —. ¿Cuál es plan para entrar en ese lugar? ¿Niebla? ¿Invisibilidad? ¿Matanza de vikingos?
— Nada de matanzas — respondió el muchacho rápidamente y sin dudar —. Tenemos muchas formas de entrar ahí sin ser vistos.
— Podemos entrar ahí nosotros tres ciertamente, lo hemos hecho antes, pero olvidas que traemos a más de veinte hombres con nosotros y cinco baúles a los cuales no les van a brotar piernas como a ti... sin afán de ofender.
— No me ofendo. En ese caso entraré yo solo, cuando intenten matarme les hare creer que lo han logrado.
— Fingirás tu muerte ¿Y luego qué? ¿Una vez que se olviden de ti te levantarás y seguirás hasta la entrada del fuerte?
— Así es. Estoy seguro de que así es como Nimrood logró entrar en los fuertes que destruyó en Dacia, nada lo podía detener. Fingía caer muerto y en la noche se levantaba para asesinar a capitanes, reyes y príncipes. Piensen en todas las ventajas que tiene el no poder morir.
Y Nivia:
— También se me ocurren algunas desventajas.
— Por supuesto — confirmó Lance ese pensamiento —. Según mi abuela Nur, cuando un inmortal rebasa el tiempo que le correspondía de vida, le sobreviene irremediablemente la locura. Ella decía que ver morir a los seres queridos y sobrevivirles para ver la llegada de toda una población nueva, es algo que los hace sentir una profunda y cruel soledad eterna la cual se incrementa con la llegada de cada nueva generación.
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El Imperio sagrado III: Los malditos
FantasyTERCER LIBRO (ULTIMO DE TRES) Antes de llegar al final del primer milenio después de Cristo, existió un imperio surgido del esplendor del oscurantismo que se proclamó defensor del cristianismo y en nombre Dios cometió todo tipo de atrocidades en co...