Capítulo 11

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Duncan Lombardi

Al salir del hospital me encuentro las cuatro ruedas de mi coche pinchadas. No una, ni dos, sino todas. La ventanilla del conductor rota, con varios cristales esparcidos sobre el asiento. Pero no han robado nada, eso es lo que me desconcierta. La radio está en su sitio. Las cosas de la guantera también. El maletero intacto. Entonces, ¿qué? ¿El asesino volviendo a hacer de las suyas?

Mierda.

Me ha seguido. Y lo que no me preocupa es mi vida o mi coche, sino la chica que está ingresada en el hospital. Aunque dudo que le haya dado tiempo a ver de quién se trata, estaba muy ocupado con mi coche. Porque no solo me pinchó las ruedas y me rompió la ventanilla, veo varias abolladuras en el capó, como si fuera golpeado con un bate o algo semejante.

Al menos no se ha desquitado su furia conmigo, es un avance bastante importante.

—Duncan Lombardi.

Esa voz proviene de detrás. Lentamente me doy media vuelta, viendo a un enmascarado con un arma, apuntándome a la cabeza. Tiene los ojos oscuros, estoy seguro de que se trata del hombre que quiso matarme el otro día.

—Manos fuera de los bolsillos —ordena con voz grave.

Quito las manos de mis bolsillos, no sin antes sacar el arma que tenía oculta. Elevo el brazo y lo apunto también a la cabeza. Mi pulso es firme, no le temo a un enmascarado que me quiere matar o secuestrar. El dedo índice roza con el gatillo del arma.

—Baja el arma —exige el hombre.

Es el del otro día, lo acabo afirmando. Un poco más bajo que yo, piel morena, tatuaje en la mano izquierda y con ella sujeta el arma. Ante la exigencia del hombre, sigo sin bajar el arma. Ese sería el segundo error que cometería esta noche, el primero fue aparcar cerca de un callejón en medio de la nada. Fue para asegurar que nadie supiera donde estoy, pero veo que él lo averiguó igualmente.

—Duncan, baja el arma.

Durante todo este momento, no pronuncio una sola palabra. Me quedo callado, quieto, con el arma apuntando a ese hombre y mirándolo a sus ojos cafés. Intentando descifrar que hay a través de ellos, hace un extraño movimiento con la mano. Detrás de él veo a un par de enmascarados más, posicionándose cada uno a su lado y, cómo no, con un arma.

—Sé para quien trabajáis —son mis primeras palabras—. Boris Dietrich Kühn, hasta puedo adivinar vuestra razón de querer matarme.

—No trabajamos para él —asegura el primer enmascarado—. Tampoco queremos acabar contigo.

—Pero sí darme una advertencia —adivino.

—Baja el arma —repite—. Somos tres contra uno.

—Matarme sería un error por vuestra parte, eso no fue lo que os ordenaron.

Uno suelta una carcajada y da un paso hacia delante.

—Podemos dispararte sin matarte, así que suelta el arma —dice otra voz desconocida, también de un hombre.

Ignoro al tipo que me habla, me centro en la persona que tengo frente a mí, el que está a cargo de todo esto. Él es el importante, él es el que se coló en casa el otro día. Dejo de lado a las otras dos personas que están a su lado, no serán capaces de dispararme si el «jefe» no les da la orden. Hago que voy a bajar el arma, descendiendo mi brazo con total lentitud hasta que llego al punto clave. ¿Cuál? La pierna derecha del «jefe». Tenía una pequeña cojera, ¿no?

Aprieto el gatillo disparándole en la rodilla de la pierna derecha, logrando que él grite de dolor y se doble en dos. El arma se le escapa de las manos, cayendo al suelo. Los otros dos no saben qué hacer, ven a su jefe dolorido y le preguntan cómo está. Esa es la distracción que necesitaba para acabar con los otros enmascarados.

El karma de Duncan [+21] ✓Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora