⚜29: La cara de un Narcisista⚜

376 68 2
                                    

El pasar de las horas se vuelve cada vez más lento y tedioso, no puede pensar claramente y tampoco dejar de caminar de un lado a otro en espera que ellos vuelvan con ella a salvo, sin embargo, no quiere ilusionarse.

Por muchos años, tantos que perdió la cuenta, estuvo vagando sin ninguna pizca de querer seguir viviendo; no es que quisiera terminar con su vida o estuviera deprimido, es solo que había vivido tanto que ya nada le era suficiente. No encontraba un ancla a la cual aferrarse y creer, ¿los dioses? No, esos hijos de perra eran una abominación que no dudaban en jugar con las vidas sobre la tierra ni en los profundos mares.

No se puede señalar a sí mismo como un "no creyente", porque sería estúpido siendo la criatura que es y, bueno, porque en las celdas hay cosas que los humanos adorarían conocer. Lamentablemente unos lo han hecho y es asqueroso lo que hacen con ellas, pero su jefe dice que es necesario para poder ser libres.

Es extraño, pero le cree. Lo que es más raro porque él nunca había confiado en nadie.

Suspira, toma asiento en la cama y mira el reloj de la cabecera, en donde ya falta poco para que sean las cinco de la mañana y todavía no hay señales de ella. Su pequeña y adorable amiguita. Fue ella quien dijo que debía de llamarla así y realmente la aprecia; no es como los demás niños, hay algo en esa mocosa que le encantó.

Posiblemente porque se trate de una mitad sirena.

Golpes contra la puerta le hacen abrir los ojos, delatando que ha estado por quedarse dormido.

— ¿Quién? —cuestiona con voz ronca, la puerta se abre un poco y la cabeza de Ojiro se asoma, lo que le hace suspirar con cansancio— ¿Qué pasa?

— Señor, ya llegaron los que iban a recoger a los niños —asiente, observando con atención al rubio que parece no encontrar las palabras adecuadas.

— ¿Y qué más? Habla.

— Ellos dicen que no había nadie —parpadea dos veces de forma lenta, no queriendo creer lo que el chico ha dicho—. Encontraron el lugar en ruinas y las armas no estaban, creen que Katsuma pudo haber sido asesinado.

— Entiendo. Puedes irte.

— Sí. Con permiso.

De su vista desaparece Ojiro y la puerta se cierra lentamente, es entonces que la otra existente en aquella habitación se abre y su jefe entra, mostrando aquel cuerpo que lo sigue volviendo loco como si de un joven adolescente se tratara. La toalla que rodea su delgada cadera cubre hasta la mitad de los muslos y aquella piel tostada como si el sol la hubiera alabado por años es algo que lo sigue haciendo contener el aliento.

Lamentablemente está muy molesto ahora como para apreciarlo correctamente.

— Mentiste —dice entre dientes—. Me mentiste.

— ¿En qué? —abre la boca para responder, pero nada sale. Parpadea confundido, ve hacia el suelo. Hace un momento estaba enojado, ¿verdad? ¿Por qué ahora se siente bien? — Aizawa, ya está por llegar tu hora de dormir —Oh, ¿será eso? ¿Se sentirá tan desconectado de sí mismo por el sueño que comienza a cerrar sus ojos? —. Vamos, ven.

El musculoso cuerpo se encamina a él colocándose enfrente, las fuertes manos le sostienen el rostro y lo acarician hasta la nuca, masajeando su cuero cabelludo con la yema de los dedos. Se siente tan bien.

Levanta los brazos hasta sostenerse de los anchos hombros, el hombre que tanto quiere y ama lo alza, atrayéndolo en un fuerte abrazo y cuando los acuesta en la cama, termina por cerrar los ojos. Pesadilla ronronea ante el calor que el fornido cuerpo les brinda, se siente tan bien que termina por quedar completamente dormido sintiendo que no debería estar tranquilo, pero no puede hacer más que dormir.

El Pecado de un Ángel (BakuShima)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora