↬34: Un anhelo abandonado por una vida a tu lado↫

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El tarareo hecho a sus espaldas lo hace sonreír de lado, suelta una risilla y niega con la cabeza, obligándose a no dejar de hacer lo que está haciendo. Aunque las tareas del hogar jamás han sido lo suyo, el que se encuentre haciéndolo es solo porque Sero es un idiota y Muerte parece adorarlo muchísimo, pues se encuentra enseñándole con suma paciencia el desprendimiento de consciencia para acompañar aquellos que ya tienen su sentencia clara.

No le sorprende que Sero se escuche feliz ante eso, tal vez la sensación de estar cerca de un destino final le da consuelo por todos los que se suicidaron en el pueblo que creció.

(Oye, ¿y si nos masturbamos en su sonriente rostro?) Se tensa al escuchar la lasciva voz de Lujuria, quien le observa atentamente con el rostro ligeramente inclinado hacia la derecha (¿Qué pasa? ¿No te gusta la idea?) ((No sería propio)). El preso suelta un bufido, sonríe radiante y le muestra lo que en realidad quiere: la cabeza de Sero está ligeramente echado hacia atrás, la boca entreabierta deja salir el caliente aliento que golpea contra su verga, la manera en que la mirada negra envuelta de brillante rojo lo observa le hace temblar y sudar de la espalda, luego la sonrisa del pelinegro aparece antes de abrir la boca y darle un húmedo cobijo dentro de la cavidad vocal; la lengua se desliza por los laterales, traza sus venas marcadas y la punta cava ligeramente en la uretra.

Sacude la cabeza ante eso y sus manos sueltan sin querer el plato hondo que se encontraba lavando; su respiración se ha agitado y la risa de Lujuria en su cabeza lo hace maldecir, ¿cómo se supone que haga las cosas con tan dura erección?

— Vaya, qué regalo de bienvenida tan bonito —la barbilla de Sero se apoya en su hombro izquierdo mientras apoya las manos en el merco del lavatrastos—; es para mí, ¿verdad?

— Eres un idiota —le arden las mejillas de la vergüenza, ¿si quiera eso era posible? En su vida le ocurrido, ahora entiende la frase: "que la tierra me trague".

— Venga, espero que lo sea, porque tengo un hambre de verga que no es sana.

— Eres un pervertido enfermo —y aun así se ríe. Se enjuaga las manos, cierra las llaves y se gira entre aquel espacio que el pelinegro le otorga, la sonrisa de Sero se le contagia en sus propios labios—. ¿Cómo te fue?

— El sujeto tenía un pase directo al infierno o inframundo, como quieras llamarlo. Es diferente a como lo había imaginado, pero tampoco me siento decepcionado.

— ¿Te da algo de alivio? —El pelinegro asiente en respuesta— Me da gusto; es lo importante.

— Gracias —la mano derecha de Sero se apoya en el medio de su pecho, Lujuria se curvea siguiendo la caricia como un gato haría y él contiene el aire en sus pulmones, temblando cuando la diestra del pelinegro desciende sobre su cuerpo hasta acunarle el miembro—, ahora ¿si es mío o no? Ya quiero abrir mi regalo.

— Esto... Yo no...

— ¿Estás avergonzado? Eso es muy hipócrita de tu parte después de haberme cogido en el suelo de unas celdas... Aunque sí era una fantasía que tenía pendiente, como novela de narcos, ¿sabes?

— Ni idea de lo que hablas.

— Lo sabes —ahora las manos del pelinegro capturan su cadera, pegándolo contra su cuerpo. Al ser de la misma altura, sus pelvis chocan y él aspira entre dientes al sentir la dureza de Sero contra la suya—. Hemos tenido maravillas noches y tardes, incluso días compartiendo cama, pero siempre debía de haber alguien y te agradezco por tomarte esa molestia solo para estar a mi lado. Ahora, yo quiero que vayamos a un cuarto, que nos quitemos las ropas y, bueno, tal vez un volado para ver quien muerde almohada primero.

El Pecado de un Ángel (BakuShima)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora