25. CHANGKYUN

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Changkyun corrió por las celdas superiores, gastando solo unos breves segundos para mirar por cada hueco. Chaeyoung Son no estaría ahí. Y no tenía mucho tiempo. Sentía que una parte de él estaba trastornada.

Sus pies estaban desnudos. Llevaba ropa extraña, y sus manos estaban pálidas y sin guantes. No se sentía él mismo en absoluto. No, aquello no era cierto. Se sentía como el Changkyun que había sido en las semanas tras la muerte de Jimin, como un animal salvaje, luchando por sobrevivir. Vio a una prisionera shu acechando en la parte trasera de una de las celdas.

Sesh-uyeh —susurró Changkyun. Pero si la mujer reconoció la palabra en clave, no dio muestras de ello—. ¿Chaeyoung?

Nada. La mujer comenzó a gritarle en shu y Changkyun se apresuró a marcharse, pasó junto al resto de las celdas y después se deslizó por el rellano y bajó corriendo hasta el siguiente piso tan rápido como pudo.

Sabía que estaba siendo imprudente y egoísta, pero ¿no era por eso por lo que lo llamaban Manos Sucias? Ningún trabajo era demasiado arriesgado. Ningún acto era demasiado bajo. Manos Sucias se encargaría del trabajo pesado.

No estaba seguro de qué lo guiaba. Era posible que Pekka Rollins no estuviera allí. Era posible que estuviera muerto, pero Changkyun no lo creía. Lo sé. De algún modo, lo sé.

—Tu muerte me pertenece —susurró. El regreso a nado desde la Barcaza del Segador había sido el renacimiento de Changkyun. El niño que había sido había muerto de viruela de fuego. La fiebre había quemado todas las cosas buenas en su interior.

La supervivencia no fue tan dura como había pensado cuando dejó la decencia atrás. La primera regla fue encontrar a alguien más pequeño y débil y tomar lo que tuviera. Aunque, siendo él pequeño y débil, no fue tarea fácil.

Subió del puerto arrastrando los pies, quedándose en los callejones, en dirección al barrio donde habían vivido los Hertzoon. Cuando vio una tienda de golosinas, esperó fuera y después abordó a un pequeño escolar regordete que iba por detrás de sus amigos. Changkyun lo derribó, le vació los bolsillos y le quitó su bolsa de regalices.

—Dame los pantalones —le dijo.

—Son demasiado grandes para ti —gimoteó el niño.

Changkyun le mordió, y el niño le dio los pantalones. Changkyun hizo una bola con ellos y los tiró al canal, y después corrió tan rápido como sus débiles piernas le permitieron.

No quería los pantalones; tan solo quería que el niño esperara antes de lloriquear pidiendo ayuda. Sabía que se quedaría un buen rato aovillado en ese callejón, sopesando la vergüenza de aparecer medio vestido en la calle con la necesidad de volver a casa y contar lo que había pasado.

Dejó de correr cuando llegó al callejón más oscuro que pudo encontrar en el Barril. Se metió todo el regaliz en la boca de golpe, se lo tragó dolorosamente y enseguida vomitó. Tomó el dinero y compró una hogaza caliente de pan blanco. Estaba descalzo y sucio, y el panadero le dio una segunda hogaza solo para que permaneciera lejos.

Cuando se sintió un poco más fuerte y menos tembloroso, caminó hasta el Stave Oriental. Encontró el antro de juegos más sucio, uno sin cartel y con solo un portero solitario enfrente.

—Quiero un trabajo —dijo en la puerta.

—No hay ninguno, enano.

—Se me dan bien los números.

El hombre se rio.

—¿Puedes limpiar palanganas?

—Sí.

SEIS DE CUERVOS - MONSTA XDonde viven las historias. Descúbrelo ahora