31. MINHYUK

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DIEZ CAMPANADAS Y MEDIA


La ropa de Minhyuk estaba cubierta de pequeñas esquirlas y virutas de acero. Su uniforme robado estaba empapado de sudor, le dolían los brazos, y el dolor de cabeza que se había instalado en su sien izquierda parecía haber tomado residencia permanente allí.

Durante casi media hora, había estado concentrándose en un solo eslabón de la cadena que iba desde el extremo izquierdo del cabrestante hasta una de las ranuras de la pared, utilizando sus poderes para debilitar el metal mientras Jooheon trataba de serrarlo con las tijeras de la lavandería.

Al principio habían tenido cuidado, preocupados de partir el eslabón y deshabilitar la puerta antes de que fuera el momento, pero el acero era más fuerte de lo que ninguno de los dos había esperado, y su progreso era frustrantemente lento. Cuando sonó la campanada de los tres cuartos de hora, el pánico se apoderó de Minhyuk.

—Levantemos la puerta y ya está —dijo con un gruñido de frustración—. Ponemos en marcha el Protocolo Negro y después disparamos al cabrestante hasta que ceda.

Jooheon se apartó los rizos de la frente y le lanzó una rápida mirada. Minhyuk vio sangre en sus manos donde se le habían formado ampollas que después habían explotado mientras trataba de cortar el eslabón.

—¿De verdad te gustan tanto las armas?

Minhyuk se encogió de hombros.

—No me gusta matar gente.

—Entonces, ¿por qué te gustan?

Minhyuk volvió a concentrarse en el eslabón.

—No sé. El sonido. Cómo el mundo se estrecha hasta que solo estás tú y tu objetivo. Trabajé con un armero en Novyi Zem que sabía que era Hacedor. Se nos ocurrieron cosas de locura.

—Para matar gente.

—Tú haces bombas, mercadercillo. Ahórrame tus juicios.

—Me llamo Jooheon. Y tienes razón; no tengo derecho a criticarte.

—No empieces a hacer eso.

—¿El qué?

—Estar de acuerdo conmigo —explicó Minhyuk—. Es el camino seguro hacia la destrucción.

—A mí tampoco me gusta la idea de matar gente. Ni siquiera me gusta la química.

—¿Qué te gusta?

—La música. Los números. Las ecuaciones. No son como las palabras. No... no se mezclan.

—Si se pudiera hablar con las chicas en ecuaciones. —murmuró Minhyuk.

Hubo un largo silencio y entonces, con los ojos clavados en la muesca que habían hecho en el eslabón, Jooheon dijo curioso:

—¿Solo chicas?

Minhyuk reprimió una sonrisa.

—No. No solo chicas.

Era una verdadera pena que probablemente fueran a morir esa noche. Entonces el Reloj Mayor comenzó a dar las once campanadas, y sus ojos se encontraron con los de Jooheon. Se habían quedado sin tiempo.

Minhyuk se puso en pie, tratando de sacudirse los trozos de metal de la cara y la camisa. ¿La cadena aguantaría el tiempo suficiente? ¿Demasiado tiempo? Tendrían que averiguarlo.

—Ponte en posición. —Jooheon ocupó su lugar junto al mango derecho del cabrestante, y Minhyuk sujetó el de la izquierda—. ¿Preparado para el sonido de la muerte segura?

—Nunca has oído a mi padre enfadado.

—Ese sentido del humor se está volviendo cada vez más apropiado para el Barril. Si sobrevivimos, te enseñaré a insultar. A la de tres. Que la Corte de Hielo sepa que los Despojos han venido por ellos.

Contó hacia atrás desde tres y comenzaron a girar el cabrestante, igualando el ritmo del otro con cuidado, con los ojos en el eslabón debilitado. Minhyuk había esperado un sonido como de truenos, pero salvo por algunos crujidos y golpes metálicos, la maquinaria permaneció en silencio.

Poco a poco, la puerta de la pared anular comenzó a elevarse. Diez centímetros. Veinticinco.

A lo mejor no pasa nada, pensó. A lo mejor Hyungwon estaba mintiendo y todo esto del Protocolo Negro es una farsa para que la gente no trate siquiera de abrir las puertas.

Entonces las campanas del Reloj Mayor comenzaron a repicar, altas y llenas de pánico, agudas y exigentes, una creciente marea de ecos uno sobre otro, retumbando sobre la Isla Blanca, el foso de hielo, la pared.

Las campanas del Protocolo Negro habían comenzado a sonar; ya no había vuelta atrás. Soltaron los mangos del cabrestante al unísono, dejando que la puerta cayera como un trueno, pero el eslabón siguió sin ceder.

—Vamos —dijo Minhyuk, tratando de convencer al tozudo metal. Un mejor Hacedor probablemente podría haberlo hecho con rapidez.

Un Hacedor con parem probablemente podría haber convertido la cadena en unos cuchillos para carne y tener tiempo para tomarse un café. Pero Minhyuk no era ninguna de esas dos cosas, y se le había acabado la delicadeza. Sujetó la cadena y se colgó de ella, usando todo su peso para tratar de hacer presión sobre el eslabón.

Jooheon hizo lo mismo y, por un momento, se quedaron colgados tirando de la cadena como un par de ardillas locas que no habían aprendido a escalar. En cualquier momento los guardias entrarían en desbandada en el patio, y tendrían que dejar esa locura para defenderse. La puerta seguiría estando operativa. Habrían fracasado.

—A lo mejor podrías probar a cantarle —dijo Minhyuk, desesperado.

Y entonces, con un último estremecimiento de protesta, el eslabón se partió.

Minhyuk y Jooheon cayeron al suelo mientras la cadena pasaba entre sus manos, con un extremo desvaneciéndose por la ranura y el otro haciendo girar los mangos del cabrestante.

—¡Lo conseguimos! —gritó Minhyuk por encima del estruendo de las campanas, a medio camino entre la emoción y el terror—. Yo te cubro. ¡Ocúpate del cabrestante!

Tomó su rifle, se situó junto a una rendija en la pared de piedra que daba al patio y se preparó para que el infierno se desatara.

SEIS DE CUERVOS - MONSTA XDonde viven las historias. Descúbrelo ahora