Los árboles rozan mi nariz lobuna, mis patas delgadas siguen el curso de mi jauría, esa que caza, que se escurre en el bosque para encontrar el botín del mes, uno que alimentará a nuestro clan en la semana en que el poder se incrementa, la semana en que seguimos nuestros instintos asesinos, en que somos pensamientos formados de órdenes creadas por un ser superior a nosotros mismos.
Samael, el líder de la manada, se detiene; sus patas apenas y son escuchadas al pisar las hojas caídas desde las estrechas copas. Es sigiloso, es evasivo, igual que el resto de los míos; fantasmas que se mueven a través de la neblina para poner fin a tu vida, criaturas que solo encontrarías en cuentos de horror, seres nacidos para acabar con cualquier criatura que consuma aire o posea pulso.
Todos nos detenemos al mismo tiempo, —veinte lobos de diversos pelajes, de fauces aterradoras y colmillos tan filosos como dagas ardiendo en las brasas del infierno—. Estamos cerca de una aldea halcón, lo sé por los aromas que desprende el aire; estas criaturas se mueven en los vientos, en las cimas de las montañas, impregnando en sus pieles el olor de la lluvia, el olor de los mismos cielos. Huelen a las nubes secas que descienden de las montañas, huelen a su propia naturaleza de ave que vive en las copas de los árboles, alejados del contacto continuo con la tierra, misma tierra que los lobos apreciamos con el mayor de los rigores.
Estas eran criaturas diferentes a nosotros; débiles, de estructura endeble, de visión inigualable, veloces al vuelo, mas no en los suelos. Su poder radica en sus alas, en la extensión que existe en ellas, en la fuerza que reside de la estructura y el plumaje, convirtiéndolas en el centro de su poder, de su vida misma. Cuando nos entrenaban siendo cachorros, la primera lección era clara: si lograbas posar tus fauces en sus alas, la presa era completamente tuya.
El olor nos acarrea hasta una constitución de árboles crecidos hace cientos de años, de anchura considerable para el resto de los abetos que forman el bosque. Este es el segundo indicativo de que una aldea halcón se encuentra ahí mismo, en las alturas, protegida por ramas puntiagudas.
Giro la cabeza hacia la derecha, donde me encuentro con la mirada azul-grisácea de una loba de pelaje marrón. La hembra me sonríe con malicia, con descaro, retándome a obtener una presa más rápido que ella, haciendo de esta cacería un juego. El juego que a sus ojos, era fascinante, excitante.
«Esta noche iré por el más grande», indica Ghira, la loba castaña jadea efervescente por empezar el cometido indicado por nuestra alfa. Sus garras ya ansían clavarse en el tronco del gran árbol frente a ella, para así llegar a la cima y emprender la carnicería del mes, dando inicio a una matanza que se ha celebrado desde hacía cien años, una tradición recolectora de mi clan.
Río mentalmente de su simpleza, de lo fácil que es este tema para ella, mientras que yo me quiebro la cabeza para intentar asumir un papel que me he dedicado a interpretar desde que era una niña, ahuecando las tripas y mis deseos de vomitarme encima, tratando de hurgar en mi autocontrol para someter a mi verdadera inclinación y someter mi voluntad, esa que puja por revelarse ante los demás.
«Ya lo veremos», le contesto, simple, pero siguiendo su juego. Ella siempre me reta, cada cacería que emprendemos juntas, cada momento es una aventura.
Samael da la señal que marca el inicio de la cacería, todos asumimos nuestra posición, aferrando nuestras garras al tronco más cercano. En cuanto el movimiento de nuestro general da la pauta, enlazo mis garras a la corteza y uso mis extremidades para escalar el gran árbol a toda velocidad, poniendo todo mi empeño en dejar de pensar, en dejar de ver y sentir. Solo llevaría a cabo mi cometido y volvería a casa, a salvo. Libraría una condena desastrosa durante el mes y seguiría aparentando que todo en mí se encuentra bien, que soy igual a los demás.
La jauría sube al mismo ritmo que yo, puedo sentir su calor dispersado en sus cuerpos peludos a mi alrededor, oler cada una de sus esencias y diluirme en el sonido de sus corazones medianamente agitados, entusiasmados por lo que nos espera en el poblado.
No me toma más de un minuto subir el gran abeto y tocar con las almohadillas de las patas el empedrado que da la bienvenida en un arco de madera tallada, donde se lee el nombre «Badereck». Este es uno de los sitios más cercanos a la frontera con nuestras tierras, por ello, es uno de los sitios de saqueo predilectos de Samael; siempre hay presas, siempre hay buenos botines.
La intromisión en las casas es siniestra, los lobos se internan en ellas, rompiendo puertas y ventanas, abriéndose paso de entre los tejados forrados de adobe y madera hueca. Los gritos y la conmoción de las criaturas siendo sorprendidas en sus camas, es la evidencia.
Las criaturas aladas luchan por ser liberadas, por dejar de ser arrastradas. Muchas de ellas mueren al caer de los árboles a los suelos de tierra y hierba, un salto que debes dar al vacío para así cruzar el bosque de vuelta a Nalenjem, el clan de los lobos, y entregar la presa. Algunos para su infortunio llegan con vida, así que sufren el martirio de verse arrastrados por una bestia furiosa entre el boscaje, perdiendo las uñas, desangrando la garganta con gritos exasperados, para luego ser sometidos a la espera en un matadero, lejos del sol y del viento, los elementos donde las aves suelen sentirse cómodas.
Me detengo para ver a un hombre halcón de mediana edad, se arrastra por el suelo, dejando tachaduras de sangre tras de sí. Sus piernas han sido despedazadas, sus extremidades ya no le llevarían nunca más a nuevos lugares.
Al verlo, sé que debo tomarlo, que debe ser él, que incluso matarle se convertiría en un acto de piedad de mi parte, ya que no tiene manera de sobreponerse y salir indemne de este momento.
Me acerco, el hombre intuye mi presencia; siempre es igual, estos seres parecen tener sistema de reconocimiento integrado a la cabeza. Se gira, me observa, trata de arrastrarse unos metros más, esforzándose por poner toda la distancia posible entre nosotros, mas no podría conseguirlo, no ahora ni nunca, sus heridas son irreversibles.
Olfateo su alrededor, la sombra de la muerte esta lejos de alcanzarle, si le dejaba aquí, su muerte sería tardía, ya que se desangraría lentamente hasta perder la consciencia para no despertar nunca más. Sufriría tiempo innecesario de dolor. Además, mis obligaciones dictaban que debía acabar con cualquier halcón vivo, sin importar su condición, edad o estructura, mi deber era poner fin a su vida, fuese mi presa o no.
Es piedad, quiero llamarle de esa manera, quiero romper el esquema que me encierra para no seguir pensando en mis verdaderos deseos. Los encierro, los aíslo, ya no los llevo conmigo cuando mis dientes atrapan la garganta del hombre, posicionando mis colmillos en las partes más sensibles de la fibrosa sección, encajando perfectamente entre vértebras y partes blandas.
Obstruyo su puente de vida, el canal que le concede aire y que llena sus pulmones de limpieza. El halcón lucha, trata de golpear con sus puños callosos mi hocico, sin conseguirlo; ni siquiera debo moverme, ninguna de sus manos atestar contra mí.
La fuerza que empleo es precisa, comienza perder la resistencia, comienza a abandonar su cuerpo. Se va, deja este mundo, le pongo fin a su existencia tan rápido que no concibo cuánta fragilidad puede colmar a estos seres.
«Piedad, esto fue por piedad», trato de repetirme cuando le empiezo a arrastrar sin la menor dificultad, como si cargase con un costal lleno de hojas en lugar del peso de un macho maduro.
Ahora me encargaría de llevarle a mi nación, a mis tierras, me encargaría de cumplir mi deber como princesa.
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Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZON
RomansaDos clanes rivales en guerra. Dos enemigos mortales sintiendo una extraña atracción. Dos enemigos dispuestos a dar su vida el uno por el otro.
