33. Amaya

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 PALACIO DE NALENJEM

Me dejan caer de cara al suelo de piedra, cerrando la celda detrás de ellos. Siento la sangre de mi espalda correr por mi cintura, por mis axilas —heridas abiertas, ropaje desgarrado y aturdimiento momentáneo. La plata carcome la carne expuesta, mezclándose con mi sangre.

El dolor ha sido abrasador, pude experimentar en carne propia lo que era ser azotada frente a los míos, consciente del silencio, de la vergüenza y del desprecio que sentía por cada uno de ellos, por cada una de esas miradas exclusivas, que no darían ni un poco por salvar mi vida.

Jamás creí profesar un rencor como ese por mi propia gente, pero así era, lo sentía brotar de mis entrañas y llegar hasta mi mente, desequilibrándome.

Logro alcanzar con mis dedos la piel desgarrada de mi espalda, el simple movimiento me hace sentir que me desvanezco, el dolor es inmenso. Diez veces, conté los diez azotes con precisión, soportando como nunca antes soporté otro dolor. Orgullosamente, no lograron hacerme expedir un solo grito ni siquiera un alarido; fui silenciosa, callada. Lo único que me imaginaba era el rostro de Demian sonriente, amable, ese mismo semblante que me pedía que me quedase.

Lo extrañaba, lo añoraba. Visualizarlo, recordar los momentos a su lado, se convirtió en mi fuerza, en lo que necesitaba para olvidar lo que ocurría y así evitar implorar que los azotes se detuvieran.

Las horas en este deplorable estado pasan, tal vez un día entero, no lo sé con exactitud, puesto que las celdas están en las catacumbas, muy por debajo del palacio de mi madre, donde no entra ni un ápice de sol. Mis heridas se sienten devorar la carne sana, el ardor no cesa, no descansa. Me vienen mareos incontenibles y me veo imposibilitada a siquiera levantarme.

La celda se abre nuevamente, la llave es girada y escucho pasos acercarse, ni siquiera me afecta saberme observada en tal desventaja, no me importaba nada.

—Por la diosa... —dice la voz femenina, arrastrando los pies hasta estar a mi lado.

—¡Vete de aquí! Si te descubren correrás la misma suerte —le digo, recordándole de lo que nuestra madre es capaz.

Anelyse suspira.

—No voy a dejarte sola, no ahora —escucho que sumerge un paño en agua, posteriormente, lo exprime para tantear mis heridas abiertas con él. Esta vez sí gimo ante el dolor, sin poder contener más el ardor—. Lo siento —indica.

—¿Qué es lo que sientes? —le pregunto sin verle. Mis ojos ven justo al muro de piedra, no me siento con la fuerza para moverme y de no ser porque es una necesidad básica, tampoco sentiría las agallas de respirar.

—Lamento lo que te han hecho, lamento no haber podido hacer nada para protegerte, de la misma manera en que tú me has protegido tantas veces —suena sollozante. Sorbe por la nariz, aclarando ese hecho.

—Si Chantal te ve aquí, te partirá el cuello, más allá si te ve llorar —le recuerdo, volviendo a quejarme de los roces del paño húmedo—. Piensa en tu cría —le absuelvo, pensando que su embarazo entra en el rango del término.

—Yo no le temo —asegura con franqueza, una que no pongo en duda. Pese a ser más liviana de sangre, mi hermana podía mostrar en ocasiones más fortaleza que yo misma, al menos ella podía mostrar sus emociones, llorarlas, mientras que yo daba mi vida por ocultarlas.

—Sé que no le temes, eres demasiado fuerte para eso —los pulmones se sienten como hierro caliente, como si estuviesen sumergidos en la misma plata que se come mi piel abierta, burbujeante—. Pero hay cosas que debes proteger, cosas que importan más que tus sentimientos por mí.

Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora