37. Amaya

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BOSQUE DE NALENEJEM

El viento se ha tornado pesado, algo violento. El polvo del suelo se alza a lo alto, fraguando curvas poderosas que llegan hasta la cúspide de los cielos.

Yo sigo mi andar pesado, lento, no quiero dar más pasos, pero soy consciente de que debo hacerlo, de que debo volver a lo que me correspondería llamar mi hogar. Ghira no ha comentado nada hasta el momento, se ha limitado a seguirme en medio de nuestro bosque, ese que nos vio crecer, de aquel que fue participe de nuestros juegos de la infancia, de nuestro entrenamiento, de pasiones pasadas.

«No quiero volver, pero debo hacerlo», pienso, restregando mis manos como si tuviese frío, uno que no se siente físiamente, sino en el interior de mi espíritu.

El cabello oscuro de mi amiga se mueve con el viento, huele a flores, a naturaleza, a gente que es de este elemento. Mi amiga tiene el aroma de los halcones entremezclado con el suyo, de la misma manera en que yo debo llevar impregnada en la piel lo que fue una de las noches más bellas de mi vida.

—No podemos volver, no aún —le digo, un tanto decaída después de tantas emociones experimentadas. No había pasado ni una hora de nuestro retorno a Nalenjem y ya me sentía volcada.

—Esperaremos para volver, ya lo tenía contemplado —me responde, haciendo un conteo veloz de la altura del sol, intuyendo una hora exacta a esperar.

Ghira pensaba siempre en todo, era detallista, ordenada y disciplinada, una loba bien estudiada.

»Les diremos que estabas algo cansada tras el castigo, que debías tomarte un respiro y salir de casería. Nadie podrá debatir eso —asiento, acatándome a su estrategia evasiva.

Posteriormente, me toma de la mano, instándome a tomar asiento sobre el pasto, justo debajo de un árbol de hojas que pierden su color.

Muerdo mi labio inferior, desidiosa, sintiendo la apatía correr por mi cuerpo; debilidad que me cuece la carne. Giro mi rostro, mi visión puesta en el camino que hemos seguido, vislumbrando a la distancia el sendero que me llevaría hasta las tierras de Demian.

La intensidad de su habla, el significado de sus palabras, el temple de su voz al afirmar que siente algo único por mí, solo me llevan a evocarlo continuamente. Estar con él, sentirlo piel con piel, escuchar sus suspiros, el tono de voz que usa para decir mi nombre, sus ojos eternos, incandescentes, viéndome como si jamás hubiese visto a una chica en su vida, como si yo fuese alguien muy especial y, sobre todo, la manera en que sus manos se encienden, apremiando a las mías a seguirle.

Agito la cabeza varias veces, arrancando esa fuerza que ha sido creada con base en el miedo hacia mi madre. Debía enfocarme y seguir una estrategia especifica. Necesitaba hacerme de aliados, buscar los puntos flojos en la estabilidad de la corte y estar cerca de mi madre, mostrarme complaciente e indulgente, ganarme su confianza... quizá.

Tal vez no era el mejor de los planes, pero bajo los parámetros que poseía, no tenía muchas alternativas. No tenía amigos, no tenía ejército, no tenía la confianza de mi madre y mucho menos información que me ayudase. Debía infíltrame, lenta, pero efectivamente, hasta hacerme de personas que compartieran mi visión, comenzar a apelar el poder del alfa.

—Nunca te había visto de esa manera —dice mi amiga, rompiendo con mis pensamientos, esos que viajan en pro de una conspiración. Cuando giro para encararle, puedo notar sus ojos azules, impacientes por mi reacción—. Te he visto rodeada de amantes; atractivos, engreídos, musculados, guerreros, filósofos, nunca nadie te atrajo de esa manera, no con esa necesidad. Pude notarla con una simple mirada, con tus anhelos por verle, con tu sonrisa al visualizarle corriendo hacia ti.

Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora