35. Amaya

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 PALACIO DE BEMALI, TIERRA DE LOS HALCONES

Sigo por instinto los corredores, la secuencia es bien organizada. Algunos sirvientes con alas enormes me distinguen; algunos contrariados, otros asustados, haciéndose a un lado ante la sorpresa que implica ver a alguien de mi especie en su zona segura, a metros del suelo firme, advirtiendo lo que soy. Otros parecen aceptarlo y seguir en lo suyo, como si intuyeran que yo no soy peligrosa o guiados por el mismo discernimiento que ha hecho que los vigías fronterizos de Demian no me ataquen.

Llego hasta una escalinata de mármol blanco, hermoso, elegante, de alfombras azules cayendo desde la parte superior hasta la parte inferior. Todo está limpio, todo está perfectamente organizado y huele al aire que rodea la esencia de esta especie; a la claridad del cielo y nubes que traen consigo la lluvia.

Las personas ríen y disfrutan hasta el momento en que paso a su lado, sobresaltándolas, posteriormente vuelven a lo suyo, yo no me perturbo, sigo mi camino sin derramar una sola lágrima, aunque las siento pinchar por ser liberadas, pero no puedo, no se me da, trato de pujar por ellas, por sentir un alivio a la terrible presión de la que soy presa y no quedarme más con este vacío, mas no llegan.

Mi madre había hecho un trabajo increíble conmigo, había logrado convertirme en algo poco natural, en una asesina mortal, en un ente que no puede mostrar sus sentimientos ni mucho menos dejarse caer cuando debe hacerlo.

La odiaba por ello.

Escucho la inconfundible voz de Ghira, riendo, eso sí me alerta, ya que se encuentra en un sitio donde sería poco probable que lo hiciera; pese a eso, la reconozco, ¿y cómo no hacerlo?, habíamos estado juntas desde niñas y su timbre de voz era perfectamente armonioso a mi tímpano.

Mi oído superior al de cualquier bestia, me guía, traspasando materiales, objetos y muros.

—No me imaginaba esto cuando dijiste que me darías un recorrido por Bemali —dice Ghira. Sigo su timbre de voz, veloz. Deseo irme, deseo volver cuanto antes.

—Dijiste que te gusta pintar, pues este es el sitio ideal —esa es la voz de Dennis, quien debe estarle mostrando el palacio a mi amiga, a fin de hacerle perder su hostilidad, a fin de mostrarle lo que a mí me han ostentado: que son más que nuestros enemigos, que son más que unas bestias sin fin, más que el de convertirse en carne.

—Es fantástico —lo dice con una alegría que nunca antes le había escuchado.

—Por suerte lo has encontrado, siéntete libre de tomar lo que desees y de estar aquí el tiempo que mejor consideres —le invita Dennis, evidenciando ese lado amable que posee.

En ese instante las voces me llevan hasta unas puertas dobles de madera, de un blanco perfecto, sin manchas, sin ningún atributo dispar a la concordancia del lugar. Ante mí se abre una espléndida sala, que alberga un sin fin de pinturas exquisitas; paisajes maravillosos, rostros impolutos y escenas románticas perfectamente detalladas. Un sitio de ventanas amplias, de cortinas traslucidas e iluminación pulcra.

Aclaro mi garganta, buscando llamar la atención de ambos. Ojos azules y naranjas me observan, algo extrañados al verme ahí frente a ellos, de pie y sin mucho ánimo.

—¿Pasó algo? —Ghira se acerca a mí para alcanzar mi mano, dilucidando mi estado de ánimo.

—Quiero irme de aquí —le digo, apretando su mano para instarle a salir.

—¿Estás bien? —niego con la cabeza, en silencio, tratando de encontrar mi respiración calma nuevamente.

Dennis no dice nada, solo observa, ceño fruncido, desconcertado del todo.

Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora