CIUDAD DE WANAN. UNA SEMANA MÁS TARDE
Alguien llama a la puerta, parece una urgencia, aporrean la puerta, pareciendo que desean entrar por la fuerza. Elevo el rostro, sacando la nariz del hueco que existe entre el cuello de Amaya y su hombro, un sitio donde he descubierto que me gusta estar, que me gusta habitar.
Al ensalzar la cabeza noto que ella también lo hace, siguiendo el ruido atroz propiciado al elemento de madera que resguarda nuestra alcoba del pasillo exterior.
—¡Joder!, ¿qué es lo que quieren? —pregunta, girando su pequeño cuerpo para darme la espalda y clavar el rostro por debajo de las almohadas—. Diles que se vayan, son tus hermanos, puedo olerlos desde aquí.
No tengo oportunidad de reaccionar a ello, ya que me fascino con la curvatura de su perfecta y esbelta espalda, que desciende de forma estética hasta llegar a unos glúteos perfectamente redondos, adornados con un par de hoyuelos en la cima de lo que ahora considero un universo lleno de estrellas.
Me quedo embobado, como un estúpido que no puede reaccionar con concordancia frente a una mujer hermosa.
«Madre mía», me empalmo nuevamente al contemplarla, mi necesidad de ella era extraña e inagotable, no paraba, no cesaba. Si seguía de esta manera, probablemente la terminaría hartando.
Sin notarlo, ha girado el rostro para indagar lo que hago o por qué no reacciono a lo que me ha pedido realizar. Cuando me veo descubierto, siento enrojecer ante el descuido y la vulnerabilidad que rodea mi mente en este mismo instante, dejando en evidencia que mi atracción por ella aumenta con cada minuto juntos.
»Si sigues viéndome de esa forma, voy a saltarte encima, halcón —amenaza, con los ojos de una mujer hambrienta, dispuesta a devorar cuanta carne le pongan en la mesa, como la cazadora que vive debajo de su piel. Yo me siento estremecer, encender cual hoguera que se desboca ante el más ligero de los aires.
Vuelven a golpear la puerta, esta vez con más fuerza.
Suelto un palabrota y me pongo de pie, tomando mi camisa oscura del suelo y colocándome el pantalón lo más rápido que puedo. Amaya suelta un bufido por lo bajo y vuelve a enterrar la cabeza bajo la almohada.
—¡¿Qué quieren?! —pregunto, abriendo la puerta de golpe, provocando que el par que me esperaba del otro lado de la puerta diese un salto en su sitio, sin contemplar mi pronta intrusión.
Y ahí estaban mis dos hermanos; uno sonriente, descarado, resuelto y audaz, mientras que el otro parece angustiarse ante la interrupción y estoy seguro de que preferiría estar en cualquier otro lugar, con cualquier otra persona, antes que tener que verme en esta situación, con una evidente perturbación a una rutina de apareamiento que llevaba estableciendo las últimos días.
—Queremos salir, llevamos dos semanas en este hotel, es tiempo de que dejes tu nidito de amor y veamos el mundo exterior —pongo los ojos en blanco, al tiempo que escucho cómo Amaya se queja y se cubre con los cobertores por completo, creando un capullo que envuelve su cuerpo.
—No es para tanto —me quejo, cruzándome de brazos. Dirijo mi designio a Dennis, indagando si él delibera de la misma manera.
—Esta vez, concuerdo con Dershan. Estamos demasiado ansiosos. Los lobos deberían haber enviado ya una respuesta a la carta y no ha ocurrido tal cosa. Ni siquiera hemos salido a estirar las alas. Tu loba no ha asomado la nariz, y te entiendo, una vez que la luz te toca, ya no puedes parar, es como si tu cuerpo mandase, pero debes hacerlo, comer con decencia y estirar un poco las piernas, tal vez beber algo para reponer fuerza, así que... —dice Dennis.
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Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZON
RomansaDos clanes rivales en guerra. Dos enemigos mortales sintiendo una extraña atracción. Dos enemigos dispuestos a dar su vida el uno por el otro.
